Comentario al Evangelio del 17 de noviembre de 2026
¿Quién gana?
Los vencedores que aparecen en las Escrituras no suelen ser los más ricos, ni los más pagados de sí mismos, ni los que ignoran su propia desnudez y piensan que no tienen necesidad de nada. Ni los que crían fama y se echan a dormir. Quienes son autosuficientes, es posible que hagan buenas cosas… pero Dios no las considera perfectas, porque están muertas, están vacías, porque no han vigilado sus motivaciones y sus sentimientos. Y además, son tibios. No están abiertamente en contra de la verdad y la bondad, pero tampoco a favor, lo cual es una forma de matarlo todo. Vomitivos.
Zaqueo podría haber sido considerado uno de esos ricos, pagados de sí mismos. Pero Zaqueo es consciente de su baja estatura, tanto la física como la moral. Zaqueo debe saber o sospechar que algo no está bien en su acomodada vida. Y está atento, vigilante y curioso. Quiere ver a Jesús, aunque no sea visto por él. Pero Cristo reconoce al que oye. El que tiene oídos, puede abrir la puerta y cenar con el más impensable de los huéspedes. El autosuficiente no abre la puerta porque no tiene necesidad de nada del exterior. Zaqueo la abre, porque ha oído la llamada a bajar de esa comunidad y abrir la puerta a algo distinto. Tanto si lo hace por verdadera sed o por mera curiosidad, la vida cambia para Zaqueo al abrir esa puerta. “Hoy ha entrado la salvación”.
Lo curioso es que no se sabe de qué hablaron durante la cena. No se sabe si Jesús recriminó a Zaqueo sus hurtos, abusos en los cobros de impuestos, o su pecado. Lo cierto es que Zaqueo salió cambiado y dispuesto a dar un giro. ¿Qué oyó? Para quien tiene oídos para oír, quizá sea suficiente con la presencia. Lo que se nos pide es estar atentos al paso de Cristo y abrir la puerta; es decir, no estar ni totalmente autosuficientes, ni ser indiferentes y tibios, es decir, sordos. Y al cenar con Cristo, al entrar en conversación con él, no hará falta que nos diga la retahíla de faltas… nos daremos cuenta inmediatamente, como Zaqueo, de la propia falta de estatura moral. Y entonces podremos vestir la vestidura blanca. Es decir, como Zaqueo, devolver lo “robado” a otros— su prestigio, su dignidad, su integridad—y dar al menos la mitad de nuestros bienes: es decir, de toda la gracia recibida, dar entrega, verdad, servicio, justicia, respeto. Eso requiere no sólo abrir la puerta, sino también salir. Y quien hace eso, paradójicamente, es el vencedor del que habla el Salmo.
Cármen Fernández Aguinaco