Comentario al Evangelio del 17 de mayo de 2026

Fecha

17 May 2026

Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.

Queridos hermanos, paz y bien.

Estamos apurando el tiempo pascual. Iremos de solemnidad en solemnidad, los domingos. La Ascensión, Pentecostés, la Santísima Trinidad y el Corpus Christi. Casi nada. La liturgia se viste de gala, quizá para que no olvidemos lo que significa la resurrección de Jesucristo.

Hoy la Iglesia celebra la Ascensión de nuestro Señor, una fiesta de gran esperanza. Jesús va delante de nosotros para «prepararnos un lugar» (Jn 14, 2). Estamos llamados a elevar nuestros ojos y nuestros corazones al cielo, hacia nuestro destino final. En las preocupaciones diarias a menudo olvidamos esto, pero la Ascensión nos recuerda: mirad hacia arriba, buscad la realidad espiritual, para que un día, cuando nuestra breve estancia en esta tierra termine, podamos vivir en plena comunión con la Santísima Trinidad.

Hemos escuchado el final del Evangelio de Mateo y el comienzo de los Hechos de los Apóstoles. La relación está clara. Jesús se va y deja una tarea clara a sus amigos: continuar con la misión que Él comenzó. Lo dice al ángel que interpela a los Apóstoles: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” Dicho de otro modo, ya está bien de hacer el vago, poneos en marcha, y ya volverá el Señor cuando llegue el tiempo. Ahora comienza vuestro turno.

Y los Discípulos se pusieron en marcha. Y, sin parar, llegaron a todos los confines del mundo. Cumpliendo la tarea que les encomendó el Señor. “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.” No lo hicieron nada mal, para no haber estudiado ni Catequética ni Homilética. Ni siquiera Teología. Seguramente, porque habían sentido la fuerza del Espíritu de Jesús, esa fuerza de la que nos habla Pablo en la segunda lectura. Habían sentido la plenitud que lo llena todo. Tenían con ellos la ayuda del Espíritu. Ese Espíritu que celebraremos juntos la semana próxima.

Queda mucha tarea por realizar. La nueva vida, la nueva forma de entender tu existencia inaugurada por Cristo no la conoce casi nadie y debe ser ofrecida a todos. Jesús, llegada la hora de su partida, encomienda esta tarea a los suyos, tarea que habrá de desarrollar en todas las naciones, superando de hecho lo que según el mensaje de Jesús estaba teóricamente claro: que Dios no pertenece a ninguna nación, a ningún grupo particular, sino que quiere ser Padre de todos los que acepten vivir como hijos suyos.

Por eso es necesario ser misioneros, hacer discípulos, dar a conocer a todos el mensaje de Jesús, para hacerles saber que Dios no es poder, sino Amor; no es amo, sino Padre. Por eso, lo que quiere es que nos portemos como hijos suyos, amándonos como hermanos. Es que a Dios sólo se llega por el camino de Jesús: entregándose por amor al servicio de los hombres.

El primer relevo se produjo hace casi dos mil años. Pero la tarea continúa generación tras generación. Y hoy nos ha llegado el testigo a nosotros. La tarea es difícil, pero no estamos solos, pues la palabra de Jesús es firme: «Mirad que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo»

La solemnidad de la Ascensión del Señor es un recordatorio extremadamente necesario de que somos personas de esperanza, especialmente en un mundo ensombrecido por el pecado, la violencia y la muerte. Como la Pascua es la celebración de la victoria de Cristo sobre la muerte, así la Ascensión es una llamada para que nos esforcemos en alcanzar la alegría que nos espera en el cielo. Es un recordatorio de que debemos «buscar lo que está arriba», más que lo terrenal. No podemos entrar en el cielo con un corazón dividido. Necesitamos entregar nuestro corazón completamente a Cristo, para que Él pueda convertirse en nuestra alegría.

Esta vida está destinada a convertir a cada uno de nosotros en el santo que Dios ha querido que seamos. La conversión es un proceso que avanza paso a paso en nuestro enfrentamiento con nuestras debilidades, tentaciones, pecados y defectos de carácter. La caída de nuestra naturaleza solo puede superarse mediante la gracia del Espíritu Santo, a quien el Señor envió a María y a los apóstoles el día de Pentecostés. La vida del mismo Dios, que habita en nuestra alma, y nuestra disposición a entregar nuestra voluntad en Sus manos: eso es lo que, con el tiempo, conduce al cambio. Debemos prepararnos para el cielo, porque en nuestro estado actual, caído, no estamos del todo preparados para él.

Cristo no solo nos prepara un lugar en el cielo, sino que quiere obrar en el interior de nuestras almas para prepararlas para la alegría celestial. Por la fuerza del Espíritu Santo, nuestra mirada puede elevarse hacia realidades más elevadas, de modo que, con cada día que pasa, podamos convertirnos cada vez más en ciudadanos del cielo, y no de este mundo. «Estamos en este mundo, pero no somos de este mundo».

Por eso, nuestra esperanza y nuestra alegría tienen un regusto amargo. Si avanzamos hacia la santidad y nuestra oración nos lleva cada vez más profundamente al corazón de Dios, vemos con mayor claridad hasta qué punto, en realidad, no pertenecemos a esa profundidad. Vemos hasta qué punto no logramos amar a Dios y al prójimo como deberíamos. Gracias a la oración, crece en nosotros el deseo de una mayor unión con Dios y con el prójimo. Es precisamente este deseo el que nos muestra que el tesoro que buscamos es, en verdad, Cristo. Así es como nuestro corazón se prepara para la alegría celestial.

En esta vida, esa claridad celestial que alcanzamos en la oración, y que nos permite tocar el cielo, dura solo un instante. Pero estos instantes son un don que nos impulsa hacia adelante, y cuanto más avanzamos, más fuerte se hace en nosotros la nostalgia por la patria celestial y el anhelo de una comunión plena con la Santísima Trinidad. En esta vida, la alegría siempre se mezcla con una cierta dosis de tristeza. Sentimos esa nostalgia que debieron sentir los Apóstoles cuando el Señor se elevó de entre ellos hacia los cielos, aunque ellos permanecieran en la pacífica y gozosa espera del Consolador.

La Ascensión nos recuerda que algún día viviremos en los cielos en unión con el Dios Trino y Uno y junto a los ángeles y los santos. Ya no le buscaremos en signos y símbolos, sino que le veremos cara a cara. Cristo obra en el interior de cada uno de nosotros preparando nuestros corazones para los cielos, a fin de que podamos habitar en el lugar que Él ha preparado para nosotros en la eternidad. Mientras tanto, continuamos nuestro difícil peregrinaje, fortaleciéndonos en la esperanza y «levantando nuestros ojos a los montes» (Sal 121, 1).

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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