Comentario al Evangelio del 17 de marzo de 2026

Fecha

17 Mar 2026

¡Vi agua!

En estos últimos meses, en España muchos pueblos, sobre todo del sur, seguramente lo último que quieren ver es agua. El agua ha sepultado campos y propiedades, ha anegado casas, ha forzado a muchos a salir de sus casas, ha causado graves pérdidas. Pero también es verdad que sin agua no podemos vivir.

Las lecturas hoy nos presentan el agua –agua por todas partes del Templo y el agua de la piscina de Siloé– como algo bueno, dador de vida. Según vamos avanzando hacia la Pascua, los temas de luz, agua y vida se van presentando como preparación catecumenal, hacia la Vigilia Pascual, en la que celebraremos el fuego nuevo, la luz del resucitado, el agua bautismal.

Destrucción por agua y vida por agua no son cosas incompatibles. Al fin y al cabo, la vida nueva que celebramos es la gracia bautismal, y bautismo significa sepultura… El agua que sepulta lo antiguo, al “hombre viejo”, y el agua en que somos sepultados con Cristo para resucitar con él. En una más pequeña, pero simbólica medida, está el agua de la piscina que cura la parálisis del pobre hombre sentado al borde y sin poder entrar en las aguas liberadoras, “porque nadie las mueve…” Quizá nosotros también estemos a veces, ni siquiera esperando, pero incapaces de movernos de la parálisis que puede ser el miedo, el resentimiento, el orgullo, el egoísmo o la pereza, o cualquier otro de los pecados capitales, porque nadie “nos mueve”… Otros muchos puede que estén sentados con la misma parálisis porque no hay quien les mueva el agua. Es decir, porque no hay para ellos quien cumpla su tarea evangelizadora. Quizá no debamos esperar a que alguien nos mueva el agua; quizá no debamos esperar a que otros muevan el agua de los paralizados… El paralítico se levantó, pero fue proclamando quién había hecho eso por él. Tenemos que reconocer, una vez más, nuestra sepultura en Cristo y la nueva vida que nos impulsa a la misión evangelizadora y emprender nuestra obligada tarea bautismal de enterrar y dar vida, de ir a todos los rincones de la tierra. La obligación de evangelizar es ahora. Sin espera.

Cármen Fernandez Aguinaco

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