Comentario al Evangelio del 17 de junio de 2026
Lo silencioso cae mejor

Lo más extraordinario que puede hacer un cristiano común es lo de los pasajes de los evangelios de días anteriores: vencer el mal a fuerza de bien. Recuerdo muchas veces a mi madre, que un día se detuvo a auxiliar a una vecina que se había herido con un cristal roto. Esta vecina había insultado y amenazado a mi madre en varias ocasiones, pero, cuando le pregunté a mi madre por qué lo hacía me dijo, simplemente, que, porque era un ser humano. Ser cristiano no es hacer demostraciones externas magníficas y asombrosas, sino milagros diarios a base de obras buenas en silencio, de oración callada y en secreto. Ha habido muchos santos que han “realizado” milagros. Pero esto no está bien dicho. Ellos no han hecho milagros: la gracia de Dios ha hecho obras extraordinarias en su interior, que se han reflejado en que el poder de Dios ha obrado prodigiosamente por medio de ellos. Es de lo que habla Pablo en 2 Cor: “llevamos este tesoro en vasijas de barro para que se demuestre que este poder extraordinario viene de Dios, y no de nosotros.”
El peligro de la tentación a querer hacer cosas extraordinarias no está tanto en la “demostración” de poder, como en el creer en la propia fuerza y no en la de Dios, en arrogarse el mérito. Y el mérito del que hablaba el evangelio es amar heroicamente a todos. Silenciosamente, en lo secreto de una unión íntima con Dios que no hace ruido, ni busca la ostentación.
Carmen Fernández Aguinaco