Comentario al Evangelio del 17 de enero de 2026
San Antonio Abad. Memoria obligatoria
No a los justos, sino a los pecadores
El enfermo de ayer era, sobre todo, un enfermo físico; aunque también necesitara del perdón, era patente su postración corporal. Leví es, sin embargo, un enfermo moral. No es que recaudar impuestos sea algo de por sí inmoral. Pero, por un lado, aquel por cuyas manos pasan grandes cantidades de dinero ajeno, está fuertemente tentado de aprovecharse sin que se note mucho. La corrupción económica es una posibilidad más que real. Además, en tiempos de Jesús los publicanos eran colaboracionistas con el poder romano, para el que recaudaban los impuestos. Así que eran odiados por partida doble: impuros por su trato con los gentiles, e inmorales por aprovechados, extorsionadores y tramposos. La acción de Jesús de acercarse y llamar a gentes de la peor calaña indica que nadie es malo por definición, y que no hay mal o pecado del que no sea posible arrepentirse. Y esto significa que Dios no pierde la esperanza ni deja de creer en nosotros.
La elección por parte de Dios tiene algo de misterioso. Da la impresión de que elige a los mejores, como podría parecer en el caso de Saúl. Pero Jesús se acerca a los que eran considerados peores, como en el caso de Leví. En realidad, Dios llama a todos, dirigiéndose al fondo de bondad que hay en cada uno, con la esperanza de una respuesta positiva. Saúl fue elegido porque sobresalía en aspecto, valor y méritos: “Saúl era joven y buen mozo, no podría haberse encontrado un hombre más hermoso en Israel: era más alto que todos los demás por una cabeza” (1 Sam 9, 2), pero no respondió con fidelidad y acabó defraudando esa esperanza. Leví fue llamado, pese a su condición pecadora, y respondió con prontitud y fidelidad.
En este comienzo del tiempo ordinario, Jesús se acerca a cada uno de nosotros y nos llama, sin importar nuestros méritos o nuestros pecados, pero somos nosotros los que tenemos que responder, ayudados por su gracia, arrepintiéndonos de nuestros pecados, cambiando de vida, siguiendo a Jesús y poniéndonos al servicio del Reino de Dios, de la causa del Evangelio. No se trata de una utopía deseable pero irrealizable en la práctica. Los santos nos ayudan a comprender que el ideal evangélico es posible encarnarlo en nuestra vida. Hoy la Iglesia nos propone el ejemplo de san Antonio Abad, uno de los padres del monacato cristiano.
José María Vegas, cmf

