Comentario al Evangelio del 17 de agosto de 2026

Fecha

17 Ago 2026

Todas las lecturas de la Eucaristía de hoy, desde la Antífona de entrada: “…vale más un día en tus atrios que mil en mi casa”, nos llevan al mismo asunto que es el desapego. A preguntarnos si realmente cumplimos el primer Mandamiento o si lo que afirmamos de boquilla se realiza en nuestra vida. Lo vemos con toda claridad en el relato de Ezequiel y en el diálogo de Jesús con el joven rico.

Ezequiel, un verdadero siervo de Dios, entrega lo que más ama, su esposa, sin reservarse siquiera el derecho a llorar. Obedece la orden de Dios concretada en cada detalle: “voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; pero tu no entones una lamentación, no hagas duelo, no derrames lágrimas”. Ezequiel hace exactamente lo que se le ha ordenado y omite cada uno de los ritos hebreos, muy minuciosos, que se practicaban entonces. Cuando le piden explicaciones, responde que acaba de cumplir el mandato de Dios. Y lo ocurrido representa lo que deberá suceder pronto: la ruina de Jerusalén, la destrucción del Templo y el exilio. También explica cómo deberá reaccionar el pueblo ante tanto infortunio.

Jesús, al joven que se acerca con la pregunta “¿Qué tengo que hacer para alcanza la vida eterna?” tiene que exigirle el desapego como prueba de fuego para evidenciar su verdadera idolatría: «Vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres». El joven falla la prueba; prefiere sus posesiones antes que el seguimiento.

En el texto de Marcos, el conocidísimo encuentro del joven rico, añade, a los mismos pasajes de Mateo y Lucas, un detalle conmovedor que es la mirada de Jesús. Jesús lo miró con amor y lo ve marchar con tristeza… Creo que es la misma tristeza con que nos ve a nosotros cuando, demasiadas veces, anteponemos nuestros apegos a la entrega que nos pide. O cuando nos engañamos buscando justificaciones muy razonables para disfrazar el amor al dinero, a la seguridad, al prestigio, a nuestras ideas y prejuicios arraigados, a afectos. Incluso a aficiones inofensivas. Siempre funciona el autoengaño.

Hoy se habla mucho de discernimiento. Desde luego que es necesario discernir no solo para distinguir el bien del mal y la verdad de la mentira sino para saber lo que es mejor y lo que agrada más a Dios que conoce nuestro corazón. Lo que más nos puede ayudar es confiar plenamente en el El y pedirle que nos ilumine. Que haga que sepamos reconocer las ataduras que no nos atrevemos a romper sobre todo por el miedo.

Virginia Fernández Aguinaco