Comentario al Evangelio del 16 de noviembre de 2026
Cuando se enquista el compromiso
Algunos de nosotros recibimos un día una llamada y tratamos de responder con ilusión, entusiasmo y pasión. Era, quizá, una ilusión algo cegada por la luz, inocente, algo santamente alocada, pero no muy medida ni pesada. Era la alegría propia de la juventud. Al paso de los años, sin embargo, a veces parece que el compromiso “se enquista”, por así decir y entonces se siguen haciendo las cosas de buena voluntad, pero un poco automáticamente. Es como si la persona se fuera sin tener que dar ni un paso para ello. Es como decir que el cuerpo está ahí, pero su alma lo ha abandonado. La cosa es que sigue adelante, pero casi como si fuera un robot. A veces, ni siquiera se reconoce el vacío. Hay que seguir adelante, sea como sea. Esto tiene un cierto mérito y Dios así lo reconoce: “tienes perseverancia y no has desfallecido”. Has seguido adelante a pesar de todo.
Pero se ha perdido el ardor, la pasión primera, ese entusiasmo (ese estar en-theus) del primer enamoramiento.
Al apenas darse uno cuenta, en el esfuerzo por seguir adelante, se ha perdido también la vista. Y el ciego no pide una vista que nunca haya tenido, sino recobrar la que tenía. Pide recobrarla porque por sí mismo no puede. Al recobrar la vista, nos podemos dar cuenta de que quizá estuviéramos haciendo las cosas por costumbre, más que por encuentro con el Cristo vivo. Se recobra la verdadera vista, ya madura y realista, sin el brillo cegador, pero con la claridad y la firmeza del fuerte y continuo amor de Dios. Porque es la fe la que salva.
Y volver, volver, volver… dice el canto. Volver al amor primero, volver a la luz. Hay que volver a enamorarse, pero para eso hace falta una nueva seducción, un recobra la luz y un volver a hacer las obras primeras. No el enamoramiento adolescente, sino el consciente que comprende y acepta todas las consecuencias. Y volverá a las primeras obras, pero no a las muy alabables de fidelidad, y mantenimiento que son ya rutina. Pero las obras primeras ya no serán iguales. Un nuevo brillo, que da esa nueva luz, hará que lo veamos de una manera distinta, con fuerza recobrada, no con un entusiasmo infantil y romántico, sino como un estar en el Dios que hace nuevas todas las cosas.
Cármen Fernandez Aguinaco