Comentario al Evangelio del 16 de enero de 2026
“Levántate”
Contra lo que muchos piensan, Dios no quiere someternos, sino liberarnos, no quiere súbditos arrodillados, sino hijos que aprenden a caminar por sí mismos. La llamada de Dios no es a la esclavitad, sino a la verdadera libertad.
La corriente antimonárquica presente en el Antiguo testamento, del que la primera lectura es un clarísimo ejemplo, es una protesta contra la búsqueda de seguridades a cambio de la pérdida de libertad. No es que Dios tenga celos de un posible rival, sino que ve en este movimiento en favor de la monarquía “como la de los otros pueblos”, un alejamiento de la soberanía de Dios que libera de la esclavitud de Egipto y desafía y llama a una libertad auténtica y, por eso, arriesgada. Si, finalmente, Dios cede a los deseos del pueblo, es porque usa nuestra debilidad para conducirnos pedagógicamente hacia esa libertad que el pueblo parece rechazar. No será Saúl, ni siquiera David, el verdadero rey de Israel, sino Jesús, que trae consigo el Reino de Dios, es decir, un reinado no político, basado en el poder, sino el reinado del amor, que se realiza en el servicio. Por eso, Jesús está siempre en medio del pueblo, y está siempre en actitud de servicio, enseñando, perdonando, curando. Jesús no funda un régimen político, sino una familia, la de los hijos de Dios.
Pero esto, ¿no es caer, como muchos piensan de la actitud religiosa, en un infantilismo que nos impide alcanzar la verdadera autonomía y la madurez? Si dejamos a un lado los prejuicios y las simplezas en la comprensión de la fe cristiana y miramos al modo de actuar de Jesús, comprenderemos que no es así en absoluto. Lo que más no esclaviza está dentro de nosotros mismos y es el pecado. Y Jesús nos libera perdonándonos. Pero es que, además, si estamos postrados por cualquier motivo, no nos exhorta a la resignación y la pasividad, sino que, al contrario, nos llama a ponernos en pie y a caminar por nosotros mismos, es decir, a ser autónomos. Es curioso que hoy Jesús le diga al paralítico que se ponga en pie, que tome su camilla y se marcha a casa. ¿Para qué quería ya la camilla? Por un lado, la camilla es el signo de la verdadera libertad, que es responsabilidad, y no deja de tener un peso. Pero, como Dios nos llama a la libertad para el bien, es también pensable que, así como hombres compasivos y llenos de fe llevaron al enfermo hasta Jesús, este le estaba indicando que, con la camilla en la que había estado postrado, hiciera él otro tanto.
José María Vegas, cmf

