Comentario al Evangelio del 16 de agosto de 2026

Fecha

16 Ago 2026

Qué grande es tu fe.

Queridos hermanos, paz y bien.

Empalmamos en cierto modo con lo que nos proponía la Palabra de Dios el domingo pasado. En el episodio de Elías se nos invitaba a saber esperar pacientemente la manifestación de Dios. En el huracán no estaba el Señor; en el terremoto no estaba el Señor; en el fuego no estaba el Señor. Sólo al final, en el susurro, se hizo presente el Señor. Es Él quien fija el dónde y el cuándo.

Hoy recibimos otra invitación: no desistamos en nuestra oración. Primero Jesús responde con el silencio; más tarde, se desembaraza diciendo que no es asunto de su incumbencia; luego, con un argumento que es como para arrojar la toalla. Pero la fe de esa mujer no se deja vencer ni por el silencio, ni por la respuesta elusiva dada a los discípulos, ni por el argumento sin aparente réplica posible. El amor a su hija es grande; y la fe en Jesús es igual de grande. Y acaba saliéndose con la suya. Son un amor y una fe que desarman.

La fe de esta mujer es una fe perseverante: no se derrumba ante la primera negativa; y es una fe clarividente: le hace encontrar el contraargumento que vence toda resistencia por parte de Jesús; y es la fe de una mujer no israelita, de una cananea: cree que el señorío de Jesús es capaz de desbordar las fronteras de Israel.

Hay más casos en el evangelio de esta fe: el del centurión que ora por la curación de su siervo. Son verdaderas joyas del evangelio. Nos hablan del regalo que supone la fe, un regalo universal.

Ahora bien, como todo regalo, es necesario que lo recibamos. Es necesario aceptar ese regalo maravilloso que Dios nos da constantemente. Y, además, aceptar todos los entrenamientos que Dios hace a nuestra fe, para que ésta vaya fortaleciéndose y un día sea recompensada con un regalo que es el objeto mismo de nuestra fe y de nuestra esperanza: la Vida Eterna en Dios.

Hay otro tema en la Liturgia: la salvación es para todos, judíos y no judíos. Lo cierto es que Dios eligió al pueblo de Israel para asignarle un papel primordial en la historia de la salvación. Los israelitas serían los primeros en recibir el llamado a la salvación. Pero luego la salvación se extendería a todo pueblo, raza y nación. La elección de Israel no significa, entonces, el rechazo a otros pueblos.

Queda esto claro en la primera lectura en la que Dios, por boca de Isaías, asegura que cualquier extranjero (no israelita) que crea en Él, que lo sirva y lo ame, que le rinda culto y que cumpla su alianza, “los conduciré a mi monte santo y los llenaré de alegría en mi casa de oración… porque mi casa será casa de oración para todos los pueblos”. Todo el que crea en Dios será reunido en su Casa. La Casa de Dios será morada para todos los que quieran creer en Dios y hacer su Voluntad.

La lectura de san Pablo, el Apóstol de los Gentiles, nos habla también de la salvación universal. San Pablo se dirige especialmente a los no-judíos, lamentándose de los judíos, los de su raza, que han rechazado a Cristo.

Y nosotros… ¡cuántas veces no hemos rechazado a Cristo!¡Cuántas veces nos hemos comportado como paganos! ¡Cuántas veces al más mínimo silencio de Dios nos empecinamos en nuestro mal! ¡Cuántas veces, porque Dios no nos complace nuestra pretensión o nos hace esperar un rato, le protestamos y nos alejamos de Él! ¡Qué diferente nuestra fe a la de la mujer cananea del Evangelio!

Pablo concluye este fragmento de su carta así: Dios nos encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos.”. El pecado es un mal y es causa de condenación para los que no desean arrepentirse y que terminan por no arrepentirse. Pero, si reconocemos a tiempo nuestra rebeldía para con Dios, se manifiesta su perdón, su misericordia infinita. Y si perseveramos hasta el final, obtenemos la salvación, que vino Cristo a traer y que prometió a todos los que aman a Dios. Es decir, a todos los que – como nos dice Isaías en la primera lectura – crean en Él, lo sirvan y lo amen, le rindan culto y cumplan su alianza: a todos los que cumplan su voluntad.

Y sería bueno que no olvidemos una cosa principal. Las enseñanzas contenidas en la Palabra de Dios tienen, por supuesto, un destino comunitario, dirigida a toda la asamblea del Pueblo de Dios, pero también son una llamada personal e individual a todos y cada uno de nosotros. Y así, hoy, podríamos pensar que las enseñanzas que Jesús nos ofrece en esta Eucaristía son solo para un grupito elegido, mientras que nos está diciendo que salgamos a evangelizar, de palabra y con nuestras obras; que nuestra base de conocimiento de la doctrina cristiana sea el principio de la conversión de todos los que están a nuestro alrededor y alejados de Cristo. Y es una llamada personal que el Señor nos hace. Estamos invitados al banquete. Hay para todos y sobra, pues es el Señor el que lo ha preparado.

Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.

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