Comentario al Evangelio del 15 de marzo de 2026
“Creo, Señor.”
Queridos hermanos, paz y bien.
El cuarto domingo de Cuaresma es el Domingo Laetare, también conocido como el Domingo de la Alegría, por las primeras palabras de la antífona de entrada de la Misa: «Laetare, Jerusalem» («Alégrate, Jerusalén»). Este día supone un recordatorio a los fieles de la cercanía de la Pascua y el triunfo de Cristo sobre el pecado y la muerte. También la oración colecta (haz que el pueblo cristiano se apresure, con fe gozosa y entrega diligente, a celebrar las próximas fiestas pascuales) y la oración sobre las ofrendas (Señor, al ofrecerte alegres los dones de la eterna salvación, te rogamos nos ayudes a celebrarlos con fe verdadera y a saber ofrecértelos de modo adecuado por la salvación del mundo) nos invitan a la alegría.
La Palabra de Dios, en cualquier tiempo litúrgico es siempre muy sugerente, pero en este periodo de Cuaresma está llena de imágenes que nos ayudan a relacionarla con nuestra vida, aquí y ahora. El primer domingo era la imagen del desierto como lugar de silencio y revisión; el segundo domingo la montaña como lugar de encuentro con Dios y de oración; la semana pasada el pozo y el agua como símbolo de una vida llena de sentido que da Dios. Hoy seguimos adelante por el camino con Jesús, y encontramos la luz, ese “abrir los ojos” que Dios nos propone siempre para descubrirle cerca de nosotros, pero con otros parámetros distintos a los que rigen nuestra sociedad. Esa luz que nos ayuda a ver las cosas como el mismo Dios las ve.
Es que Dios ve las cosas de manera diversa a como las percibimos los hombres. Lo experimentó el profeta Samuel, después de ver a los siete hijos de Jesé, sin que entre ellos estuviera el elegido del Señor. Al oír que todavía queda un hijo, “el pequeño”, Samuel empieza a entender que la elección de Dios, la llamada, no depende ni de la edad ni de la fuerza ni de los méritos personales, sino de la pura gracia de Dios. Aunque al principio, el profeta se deja impresionar por las apariencias. Nos pasa a todos. Nos quedamos en la superficie, hacemos juicios precipitados y muchas veces injustos sobre las personas.
Dios se rige por otros principios. ¿Por qué actúa así? Porque Él no ve a las personas como las vemos nosotros, sino que Su mirada penetra el corazón y sabe de lo que somos capaces. Del pequeño David hizo un testigo admirable en la defensa de la fe en Él, el único Dios vivo y verdadero. Esta primera lectura nos estimula a revisar nuestros (pre)juicios a la luz y con la mirada del Señor.
Si David se convirtió en testigo del Señor, también lo hizo el ciego de nacimiento. Para la sociedad, era un marginado, inhábil e incapaz de cualquier cosa, por enfermo y, consiguientemente, pecador. Es a él al que Cristo se acerca, para que se manifiesten las obras de Dios. Se fija en él, lo llama, lo elige y le encarga una nueva misión. Le cambia la vida, aunque poco a poco. Como le pasó a la samaritana. Igual que la protagonista del Evangelio de la semana pasada, al principio no sabía bien con Quién estaba hablando. Sólo gradualmente se va abriendo su mente, y acaba reconociéndole como al Mesías. Recuperando la visión física, se le abren también los ojos del alma.
La samaritana corrió a hablar del “profeta” con el que se había encontrado, y el exciego tampoco tarda en hablar de su encuentro con Jesús. Primero da testimonio ante sus paisanos de ese hombre, que dudan de si es él o uno que se le parece. Después ante los fariseos, que querían acusar a Jesús de curar en sábado, cosa prohibidísima por la ley. En su presencia, reconoce al que le ha devuelto la vista como “un profeta”. En una segunda visita (que no aparece hoy en la lectura, cfr. Jn 9, 27-34) se reconoce como “discípulo de Jesús”. Y no solo eso, sino que les pregunta si también ellos quieren convertirse en discípulos de Jesús. Por supuesto, acaban expulsando a este hombre de la sinagoga. Ya no es de los suyos.
Por fin, acaba confesando su fe delante del mismo Cristo. El Maestro le hace la pregunta que acabará de cambiar la vida de este personaje: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” ¿Quién es? El mismo Jesús le dice: “Lo estás viendo”. Porque, después de la curación, ya no era ciego, ni física ni espiritualmente. Y sigue la confesión de fe: “Creo, Señor”. La misma que han hecho a lo largo de la historia de la Iglesia tantas y tantas personas, como lo hicimos nosotros (o lo hicieron por nosotros) el día de nuestro Bautismo.
El tiempo de Cuaresma es una catequesis que nos ha de preparar para “caminar como hijos de la luz, buscando lo que agrada al Señor”, como dice San Pablo hoy a los cristianos de Éfeso. Jesús es la LUZ, con mayúsculas, esa que nos ayudará a verle a Él cerca de nosotros, y a vernos a nosotros mismos, y reconocernos como sus discípulos, invitados a dar testimonio de lo que Dios ha hecho con nosotros y en nuestras vidas. No somos “superhombres”, tampoco David y el ciego lo fueron, pero con la fuerza de Dios llegaron a ser “como una luz” en medio de las personas con las que convivían, y eso sí que está a nuestro alcance.
Este domingo cuarto de Cuaresma nos invita a la conversión, a abrir los ojos para sanarnos de los prejuicios, a un cambio de actitud y mentalidad, a ver de verdad la vida, como Dios la ve, tal cual es y no como la hemos opacado. Caminemos como hijos de la luz y demos mucho fruto, fruto de bondad, justicia y verdad, como dice el Apóstol. Renovemos cada día esa afirmación del protagonista de nuestro Evangelio de hoy, repitiendo con convicción: “Creo, Señor”. Seamos verdaderos hijos de la luz.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

