Comentario al Evangelio del 15 de junio de 2026
¿Todos tuertos?

Ajab no solo ha dejado tuerto a Nabot; lo ha dejado totalmente ciego y muerto. En la lectura de hoy no se nos dice el desenlace de la historia, pero cualquier jurista podría decir que Ajab tiene que pagar: y pagar no solo restaurando la viña a la familia de Nabot, sino con toda su propiedad, su vida, o cuando menos con cadena perpetua. Pero el evangelio trae una perspectiva algo distinta. Se oye mucho decir que la máxima de “ojo por ojo” sólo conseguiría un inmenso número de tuertos. Es decir, habla de perdón… “habéis oído decir…. Pero yo os digo…”. La persona puede perdonar, pero no está en su mano hacer justicia.
El perdón es personal… la justicia es de Dios. Porque, lógicamente, siempre va a haber consecuencias, más que nada, consecuencias de por vida para quienes, aunque hayan sido perdonados, quizá no se hayan arrepentido de haber dejado tuerto a otro. Quizá nadie los deje tuertos a ellos, pero ciertamente han quedado separados de Dios y de los demás y, por tanto, fuera de la posibilidad de felicidad. Como se dice a veces, en el pecado llevan la penitencia, a no ser que regresen a Dios de todo corazón y enmienden el mal hecho.
Puede parecer que la carga cae sobre el “tuerto” original, es decir, sobre quien ha sido víctima. Además de haber sido dañado, tiene que perdonar, y le toca también orar por quien le persigue, seguir haciendo el bien. Caminando una milla más, dando el doble… Porque al tuerto (o el muerto en el caso de Nabot), se le ha quitado algo, pero no la felicidad. Pero el victimario, en cambio, puede tener los ojos (la viña) intactos, pero no puede ser feliz. Tiene un hueco dentro imposible de llenar con viñas o muertes. Y ahora, según la justicia de Dios, que quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, al tuerto le toca restaurar la vista del ciego que ha cometido la infracción. Porque quien ha cometido la infracción no es solo tuerto: ha perdido la vista y está totalmente herido. Con la oración, con el perdón, con la intercesión ante Dios, el tuerto podría conseguir de Dios la misericordia para que el agresor pueda encontrar el camino a la felicidad, que pasa por la reconciliación y la restauración… Es decir, la vuelta a la justicia. No a base de igualar el mal para todos, sino de restaurar la bondad para todos.
Carmen Fernández Aguinaco