Comentario al Evangelio del 14 de mayo de 2026
La gloria de dar fruto
Celebramos hoy un santo del siglo XII, sobre el que hay muchas leyendas, y también grandes verdades. San Isidro Labrador no es conocido por lo que dijo. En realidad, no se sabe lo que dijo si es que dijo algo. Sí se sabe lo que hacía. Era un labriego sencillo, pobre y humilde. Pero es el patrón no solo de la capital de España sino de todos los grupos, asociaciones y movimientos de gente que cuida el campo. Hoy día vemos al campo, con las políticas disparatadas, castigado y hostigado. Hoy hace falta la intercesión de san Isidro por todos aquellos que ven toda una tradición familiar de cuidar la tierra como alejarse. Es algo paradójico: cuanto más se habla de ecología, más parecen sufrir los que cuidan de la tierra.
Para un mundo volcado en el trepar, dominar, sobresalir, tener prestigio, la figura de san Isidro no parecería ser muy gloriosa. Y sin embargo, el pasaje del evangelio de hoy lo dice claramente: la gloria del Padre es el fruto abundante que demos. “La gloria de Dios,” decía san Ireneo, “es el ser humano plenamente vivo.” Es una gloria extraña y aparentemente sin ningún mérito personal: se trata de confiar, esperar las lluvias, permanecer en la vid verdadera. Y eso es lo que reflejó san Isidro en toda su vida. Desde ahí, se puede pedir lo que se quiera. Solo desde ahí obtenía Isidro algún fruto de sus esfuerzos y labores.
Hay otro aspecto de la vida de san Isidro que también puede ser denuncia en este mundo donde parece importar más lo que se tiene que lo que se es. Isidro, un hombre de familia, sencillo y pobre, hacía tres partes de su escaso salario: una para los pobres, otra para la Iglesia, y otra para su familia (su esposa, santa María de la Cabeza, y su hijo). No comenzaba nunca su día sin dedicar tiempo a la oración y a la Eucaristía, por lo que parece ser que era criticado y perseguido. Pero sus patrones nunca encontraron a faltar el producto del trabajo asignado, sino que parece que producía incluso más que quienes lo acusaban.
Isidro nunca relumbró según los estándares de este mundo. Pero brilla con la gloria del Padre por el fruto que, a lo largo de los siglos, ha dado su vida. A veces nos podemos sentir tentados a alcanzar fama (o incluso santidad) por grandes y deslumbrantes obras. Y lo único necesario es el brillo de nuestros buenos frutos en nuestra vida diaria.
Cármen Fernández Aguinaco

