Comentario al Evangelio del 14 de marzo de 2026

Fecha

14 Mar 2026

“Quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios más que holocaustos”. Esta afirmación que el profeta Oseas pone en labios de Dios, sintetiza una de las crisis más fuertes que Israel atravesó en la etapa de la monarquía. La tentación que siempre retornaba era la de sustituir el esfuerzo por cumplir los mandatos de la ley, con el culto que se realizaba en el templo (los sacrificios y holocaustos). Tal reemplazo significaba, en la práctica, pervertir la relación religiosa. Pues ya no se trataba de hacer la voluntad de Dios, mediante el instrumento de la Ley, sino de reparar con la sangre de los animales sacrificados u ofrecidos en holocausto el honor ofendido de Yahvé, a causa de nuestros pecados. Por esa vía, los rituales de purificación y de comunión que los sacrificios expresaban se retorcían de forma autoreferencial: tenían la finalidad de saberse y sentirse limpios ante Dios (aunque carezcamos de una verdadera relación con él): hemos cumplido lo mandado y nadie puede reprocharnos nada.

De este modo en lugar de confrontarse con Dios, que siempre implicaba un riesgo y una exigencia de autenticidad, (a Dios no es posible engañarlo), uno se confrontaba con las exigencias rituales y las normas, mucho más simples, objetivas y “controlables” que se trataban de cumplir en todos sus detalles. La esencia del problema residía en que, en lugar de pedir perdón, y entregarse al juego de la relación personal con Dios, se invocaba el cumplimiento de los rituales para sentirse autojustificados. A la vez, se sentían autorizados para criticar y condenar a quienes no podían cumplir el cúmulo de mandamientos. La ley y los ritos, en vez de ser una vía para la comunión con Dios, se volvían un muro que separaba de Dios, no sólo a quienes no llegaban a cumplir los preceptos, sino – y esto es lo trágico – a quienes se esforzaban al máximo por cumplirlos, porque sólo les servían para autoglorificarse. Pero no les justificaban ante Dios. Sólo quien delante de Dios, es capaz de reconocer su pecado y de pedir misericordia queda justificado. La parábola del fariseo y el publicano que oran en el templo ejemplifica con nitidez esta dificultad.

Carlos Luis García Andrade cmf

¡No hay eventos!
Radio Palabra

God Gossip