Comentario al Evangelio del 14 de junio de 2026

Fecha

14 Jun 2026

El Reino de los Cielos está cerca.

Queridos hermanos, paz y bien.

llamó a sus donde discípulosPor fin un domingo “ordinario” en el Tiempo Ordinario. Después de la celebración de la Santísima Trinidad, y del Cuerpo y la Sangre de Cristo, hoy sí volvemos al Evangelio de Mateo, que escucharemos en este ciclo “A” de la liturgia.

Pero, como ya sabemos, ordinario no quiere decir aburrido. Para muestra, las lecturas de hoy. Exigentes con todos y cada uno de nosotros. Vayamos por partes.

Después de los cuarenta años del éxodo, cuando los judíos tomaron posesión de la tierra prometida, el heredero de Moisés, Josué, repartió el territorio entre los descendientes de Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Neftalí, y demás. Es el comienzo del pueblo de Israel, en la Tierra Prometida. Ahora, con Jesús, asistimos al nacimiento de un nuevo pueblo. Jesús, el Maestro, declara que ha nacido otro pueblo, el de la Nueva Alianza.

Los textos evangélicos le dan mucha importancia a este llamamiento de los Apóstoles. Los seguidores de los rabinos elegían ellos mismos a sus maestros, y, cuando habían aprendido todo lo que éste podía enseñarles (sobre el Antiguo Testamento, sobre la vida y demás) iban a buscar a otro maestro. Eran discípulos itinerantes, sin permanencia.

En el caso de Jesús, la situación es diversa. Es Él el que elige, llamado a cada uno por su nombre. Y los llama para estuvieran con Él, vieran cómo Él hacía las cosas y después enviarlos a predicar que ya ha llegado el Reino de Dios. Eso se ve en la fuerza recibida para expulsar demonios, curar enfermos y hablar en lenguas diversas. Y el Señor les advierte: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis”. Sería entonces un trabajo comprometido, pero a la vez generoso.

Así pues, Jesús los llamó para que convivieran con Él. Lo van a acompañar a lo largo de los dos o tres años que durará su ministerio. Algunos, antes o más tarde, lo abandonan; pero la intención de Jesús es bien clara: quiere tenerlos junto a Sí, compartir la vida con ellos, introducirlos en el mismo círculo de relaciones que Él tenía: su vida de comunión con el Padre; sus actitudes ante las dificultades; su forma confiada de vivir, abandonándose en la providencia del Padre…

Jesús, desde el comienzo, deja claro que es el Maestro. Es el guía del grupo, y no somete a votación cada uno de los pasos que dan. Tiene también sus momentos de soledad; así, lo vemos retirarse a solas para orar ante el Padre, quizá para madurar las decisiones más importantes que tiene que tomar. Y se va a sentir abandonado por ellos en el trance final de su vida. Pero Él los ha aceptado a fondo, lleva una vida de estrecha relación con ellos, y quizá de acompañamiento personal de cada uno.

Es que lo suyo, lo que Él traía entre manos, era algo más que una empresa, de la que Él sería el director y los discípulos los empleados. En una empresa, las relaciones pueden ser superficiales, y no pasa nada. Jesús va por otro lado. Él pretende algo más que una empresa: una relación de comunión. Porque sabe que en la comunión con Él se ventila nada menos que la salvación misma de las personas y la del grupo. Por eso la relación no es meramente funcional, como en un mero equipo. Hay una unión espiritual, interpersonal, profunda.

Y Jesús no afrontó su misión en solitario. Si se rodeó de este grupo no era porque tuviera necesidad de admiradores que fueran jaleándolo; no necesitaba ningún coro de fans que se hiciera lenguas de su mensaje y de sus acciones. No le interesaban los servicios de una agencia de publicidad. Estaban junto a Él para algo más que para ser espectadores y admiradores. Quería que fueran colaboradores directos; los quería implicar en la misma misión en que Él estaba comprometido. Por eso los hace partícipes de los mismos poderes que Él tiene: curar a los enfermos, arrojar demonios. Eran, como Él y en pos de Él, servidores de la vida. Y para esta misión los equipa adecuadamente.

Esto nos lleva a reflexionar también un poco sobre nuestro presente. Jesús nos invita a vivir una relación de comunión con Él. Hemos sido amados por Él con un amor incondicional. Lo decía gráficamente el apóstol Pablo: Dios, en Jesús, nos amó y nos reconcilió consigo cuando éramos enemigos. El amor de Dios tiene esa profundidad: ha sido un amor a pesar de. (Y digámoslo entre paréntesis y sin detenernos mayormente en ello: la contemplación de esta calidad del amor de Dios ha de ser para nosotros también una invitación: una invitación a amar así, como Él, a amar a pesar de. A pesar del trato indiferente o agresivo que recibo, a pesar de que no responden a mis expectativas legítimas, a pesar de que no me entiendan, o de que me rechacen…

Por otro lado, Jesús nos urge a colaborar con Él, desde los dones que cada uno tenemos. Es verdad que Él está presente en cada conciencia humana, y toca cada corazón humano. Hay semillas de Dios en cada corazón. Pero también es verdad que necesita unos mediadores, unas personas que anuncien su evangelio, que hagan presente su salvación.

No hay en ninguno de los llamados, según aparece en las tres lecturas, mérito propio previo a la llamada. Todo es acción de la libre iniciativa divina. Todo es regalo de Dios. Esa elección se prolonga en nosotros, bautizados, Nuevo Pueblo llamado a compartir los mismos sentimientos frente a la multitud.

El designio salvador de Dios, gratuito en su origen, debe por tanto ser conservado en el ámbito de la gratuidad. Vivimos en una sociedad en la que todo cuesta. Todo tiene un precio, y nadie regala nada. Frente a esta sociedad, quizá a través de la gratuidad podemos ser significativos. La dinámica del Reino va por otro lado. Esta dinámica propone una escala de valores distinta, alternativa a la sociedad que, en su egoísmo, los seres humanos hemos construido.

Tu nombre, el tuyo propio, ha sido pronunciado por Jesús en algún momento de tu vida. Por amor. En el juego de la vida, en la partida para la construcción del Reino, te toca a ti mover pieza. Ya sabes las reglas, ama sin esperar nada a cambio. Y si das amor, recibirás amor. En comunión con Cristo, configurado con Él, enviado por Él. Pruébalo y verás. Amén.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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