Comentario al Evangelio del 14 de enero de 2026
Habla, Señor
El Señor habla, y lo hace “de muchas maneras” (Hb 1, 1), y lo sigue haciendo de forma clara y definitiva en Jesucristo. También Jesús habla de muchas maneras, pero a nosotros nos puede parecer que, como en tiempo de Samuel, la palabra del Señor se ha vuelto rara. Esto no tiene que ver con que el Señor se haya vuelto mudo, sino con que nosotros nos hemos vuelto sordos. Creemos a veces que el Señor tiene que hablar de modo abrumador, escandaloso o extraordinario y, si no lo hace, es que está en silencio. Pero no es así. Dios habla en esa Palabra encarnada y, por tanto, humana y cotidiana que es Jesús. Hoy lo vemos con claridad. Es una palabra dirigida de manera personal, que atiende a las necesidades concretas, como en el caso de la suegra de Pedro. No es una palabra taumatúrgica, que se limita a curar el cuerpo, aunque también (como hacen tantos cristianos, que atienden las necesidades materiales de sus hermanos), sino que además cura el espíritu e insufla en él el espíritu de servicio (como vemos de nuevo en la suegra de Pedro). En esta mujer descubrimos la síntesis de los que atienden a las necesidades de los demás, y de lo que son atendidos por ellos. Pero la palabra de Jesús no se limita a las distancias cortas, al pequeño círculo, sino que se abre a las necesidades de todos, sin filtros nacionales, confesionales o ideológicos. Y Jesús nos enseña que su palabra también se dirige al Padre, por medio de la oración, de la que nos da ejemplo en sí mismo. Finalmente, la Palabra, que es el mismo Jesús, está en camino, es una Palabra dinámica, que no espera a que vengan a él, sino que va a la búsqueda y sale al encuentro.
Dios sigue hablando: en su Palabra proclamada, en los sacramentos que nos alimentan y nos sanan, en las inspiraciones personales, en las necesidades de nuestros hermanos que son también una llamada de Dios, en definitiva, de múltiples formas. No es una palabra rara: ni es escasa, ni es extraña. Es una palabra que podemos entender, asimilar y poner en práctica. Basta, tal vez, que aprendamos a orar con el corazón, con las palabras que hoy nos enseña Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.
José María Vegas, cmf

