Comentario al Evangelio del 13 de septiembre de 2026

Fecha

13 Sep 2026

Hasta setenta veces siete.

Queridos hermanos, paz y bien.

Ya la semana pasada se tocaba el tema de la corrección fraterna. Se ve que no todo era de color de rosa en las primeras comunidades. Hoy se insiste en el perdón, y un perdón sin límites. En la primera lectura (“perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas”;” recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error”) e incluso en el Evangelio.

El de hoy es uno de esos Evangelios con los que todos podemos, en principio, estar de acuerdo, pero que nos cuesta llevar a la práctica. Porque lo que más nos sale es lo contrario, el recordar las ofensas, y no perdonar sin condiciones: ¿Es el perdón una actitud de gente débil? ¿Tengo que ser tonto para ser bueno? ¿No hay momentos en los que uno, incluso teniendo la mejor voluntad, decimos Esto es demasiado? Basta con recordar, por ejemplo, la fecha del 11 de septiembre… Lo más normal es vengarse cuando uno puede, o al menos, guardar el rencor hasta mejor momento. La venganza es el placer del ofendido y el odio rencoroso, el único patrimonio seguro del más débil. La ira es muy dañina. Nos vuelve demonios. Propio de los demonios es vivir siempre encolerizados. Por eso, la mansedumbre es la virtud que más odian los demonios.  La cólera oscurece el alma, el espíritu: por ese motivo hay que cortar de raíz los pensamientos de cólera; no abandonarse a ellos.

Para recordarnos hacia dónde tenemos que tender, estos textos nos llaman a contemplar la actitud de Dios para con el pecador. El reconocimiento de ese Dios misericordioso debe crear en nosotros un corazón semejante al suyo. Porque lo que demuestra fortaleza y grandeza de espíritu, madurez humana y cristiana, no es vengarse, sino perdonar, y romper la espiral de odio y de violencia con el amor reconciliador. Para sentirnos amados, necesitamos experimentar el perdón. Y gracias al ejemplo de Cristo, perdonar es siempre posible para el cristiano. Por lo menos, sabemos que es posible, y que debemos tender hacia ello.

La comunidad cristiana tiene que ser un lugar de perdón, empezando por ella misma. El perdón fraterno es una tarea que, día a día, tenemos que llevar a cabo. Ahí estuvo el problema del siervo que no supo perdonar, igual que le habían perdonado a él.

La pregunta de Pedro en el Evangelio quizá también nosotros nos la hayamos hecho: ¿cuáles son los límites del perdón ante la ofensa? Yendo más allá que los rabinos de la época, que determinaban que el perdón podía extenderse a tres o cuatro casos, Pedro propone para las ofensas la cifra de siete veces.

Jesús va aún más allá. La cifra que el Antiguo Testamento asignaba a la venganza de Lamec, consecuencia de la violencia desencadenada por Caín (Gn 4, 34) se saca de este contexto y se inserta como la respuesta adecuada a la pregunta de Pedro. La venganza ilimitada ante la violencia se transforma por tanto en perdón ilimitado expresado por idéntico número: setenta veces siete.

La parábola relatada para fundamentar esta exigencia presenta a tres personajes: un rey, un empleado y un compañero de este último. Se está hablando respectivamente de Dios, de un ofendido y de su ofensor. Sin embargo, el ofendido es, a la vez deudor y su deuda es considerablemente más grande que la deuda de su compañero.

Estos son los datos esenciales sobre los que se construye el relato. Se parte de la constatación que delante de Dios todos somos deudores insolventes. Nuestra deuda respecto a Él es inconmensurable, como la parábola cuida de precisar hablando de “millones”. Cuando el rey exige el pago de la deuda, el empleado no puede, y ante la justa decisión del acreedor que manda “que lo vendieran a él, con su mujer, sus hijos y posesiones” recurre a la súplica que cambia la decisión real precedente: “tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar perdonándole la deuda”.

Aquí encontramos la fuente desde donde se origina todo perdón. Más allá de nuestras categorías de justicia e injusticia, Dios afirma con su actuación la prioridad del perdón. A esta generosidad sin límites corresponde en el plano humano la violencia frente a otro que tiene una deuda ridícula para con el que ha sido perdonado de una deuda millonaria. Este último emplea la misma arma utilizada por su compañero delante del rey. También él “se echó a sus pies”, también él suplica con las mismas palabras: “Ten paciencia conmigo, que te lo pagaré todo”. Pero a diferencia del anterior acreedor, el empleado arroja al compañero a la cárcel.

Esta violencia produce en los “compañeros” una profunda tristeza. Ante el acreedor que no ha querido participar el perdón recibido sólo queda el recurso de hacérselo saber al rey. Este pronuncia entonces la sentencia definitiva. En su fundamento se señala lo que era el deber de su servidor. Este debía ser movido por la misericordia que él había experimentado pero su corazón endurecido le ha impedido aceptarla y, por consiguiente, no podrá sentir los efectos de ella en su vida. De allí la sentencia: “indignado lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda”.

Aquí se pone de manifiesto hasta qué punto debe marcarnos a nosotros, como comunidad, la huella de la actuación de Dios. La existencia de cada cristiano se realiza ante la mirada vigilante del Padre, cuyo juicio tiene siempre presente la actuación solidaria respecto a los demás hermanos. No ser capaz de perdonar, significa no haber entrado verdaderamente en el ámbito de la comunión divina. No compartir el perdón con los demás es índice claro de que se ha interrumpido la comunicación con Dios, que es fuente de todo perdón.

Un dato importante: el perdón tiene razón de ser cuando el deudor moral es todavía deudor. Hay que apresurarse a perdonar antes de que el deudor haya pagado. Y ¡por nada a cambio! ¡Gratuitamente! ¡Porque sí! El ofendido renuncia, sin estar obligado a ello, a reclamar lo que se le debe y a ejercer su derecho.

Perdonamos sin razones suficientes. Si para perdonar hubiera que tener razones, también habría que tenerlas para creer. Si perdonamos es porque no tenemos razones. Las razones del perdón suprimen la razón de ser del perdón. No hay derecho al perdón. No hay derecho a la gracia. El perdón es gratuito, como el amor. Setenta veces siete. Siempre. Perdona.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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