Comentario al Evangelio del 13 de mayo de 2026
No os quedéis abobados
Pero, ¿quién podría culpar a esos pobres discípulos de quedarse entre el asombro y el temor al ver al Señor ascender? ¿No nos quedaríamos nosotros también con la boca abierta? Y, ¿acaso no es eso el principio de la contemplación? Y sin embargo, según Dios, ese momento estático tiene que acabarse. Hay que pasar de la contemplación a la acción… pero no sin pasar por un paso intermedio. No se puede ir a la acción sin un motor, una motivación razonable: que sepan la esperanza a la que han sido llamados, como nos dice Efesios. Sin esa esperanza y ese poder, nos podemos quedar para siempre con la boca abierta mirando al cielo… Y no pasar de ahí, porque es lo normal y casi lo único posible. Pero, al no movilizar, se quedaría vacío el momento.
Aquí lo que se nos da es la esperanza de que Cristo volverá. Y esa espera-esperanza es el poder que impele a movilizarse, a anunciar lo que se ha visto y oído. Decía san Antonio María Claret: “la caridad de Cristo nos urge.” Es decir, nos pone fuego y alas para la acción.
Lo que siempre se ha llamado la “gran comisión”, es decir, evangelizar, es no solo consecuencia lógica, sino obligación implicada en el bautismo. El cristiano sí se queda mirando al cielo, ciertamente, pero, una vez asegurado de la esperanza y recibido el poder, sale a todos los confines de la tierra a proclamar.
“Todos los confines de la tierra”, que parecen estar tan lejanos e inaccesibles para muchos de nosotros, pueden estar tan cerca como la propia cocina; el propio trabajo, la propia familia. Proclamar a Cristo en esos confines supone hacer que la fuerza, el amor, la verdad de Cristo dominen en cada momento. Que la fuerza motor de todas y cada una de nuestras acciones sea el bien, la verdad y la belleza de la salvación de Cristo; es decir, la búsqueda del bien. Y así el propio rostro de Cristo podrá brillar por medio de nosotros. La antigua noción de misión, de ir a tierras lejanas donde no se conoce a Dios, parece que hoy está algo trastocada, con la globalización, los movimientos demográficos y sociales. ¿Dónde no se conoce a Dios hoy día? Es más, ¿dónde se le persigue y desprecia incluso en medio de nosotros? Ahí está la misión. Esos son los confines de la tierra. Quizá rozándonos los codos.
Cármen Fernández Aguinaco

