Comentario al Evangelio del 13 de junio de 2026
Queridos hermanos:
El ordenamiento litúrgico nos deja hoy casi sin celebración: el Corazón de María es ahora simple “memoria” (ni fiesta ni solemnidad, que le darían mayor relieve); y, por otro lado, la memoria del Corazón de María está encajonada entre la solemnidad del Corazón de Jesús y el Día del Señor, con lo cual a muchos creyentes les pasa inadvertida. Y es también posible que, en este año, algunas asociaciones o lugares, por titularidad u otros motivos, den la preferencia a San Antonio de Padua, un misionero ciertamente digno de toda admiración. Podemos suponer que “la esclava del Señor” no se irrita reclamando “visibilidad”, que hoy tanto se lleva; no fue una reivindicadora de “empoderamiento”; gustosamente cederá a otros el primer puesto.
La fiesta litúrgica del Corazón de María no se celebró en la Iglesia hasta el siglo XIX, en el que surgieron numerosas congregaciones religiosas bajo ese título; quizá la más conocida, por número de miembros y volumen de actividad, sea la de los Misioneros Claretianos. Pero ya dos siglos antes de Claret, S. Juan Eudes había escrito sobre “el Corazón Admirable de la Madre Dios”, y las místicas medievales de Helfta (Alemania) habían hecho profundas reflexiones sobre el Corazón de la madre de Jesús. No podía ser de otro modo, pues el evangelio de Lucas menciones dos veces la actitud acogedora y reflexiva de ese Corazón.
Quizá se ha abusado de imaginación acerca de “lo que María guardaba en el corazón” (al menos dos libros en español llevan ese título). Sobre las vivencias espirituales de la madre de Jesús los evangelistas son muy discretos; tal vez carecen de información y respetan el misterio. Pero ellos saben lo que era una madre en el judaísmo (y en nuestro tiempo) y lo que significa “corazón” en el lenguaje bíblico. A muchos de nosotros, ya adultos, nuestras madres nos han contado anécdotas de nuestra infancia que nosotros no recordábamos; ellas lo habían observado, lo habían guardado en su interior, y quizá le habían dado “muchas vueltas”… Es lo que dice Lc 2,19 acerca de María.
En Lc 2,19.51 se indica que lo que María guarda y medita en su corazón es lo que sucede en torno a su niño, lo cual la hace plantearse preguntas. Ahí entra también la primera “trastada” de Jesús adolescente: quedarse en el templo separado de sus padres (Lc 2,43). Naturalmente vendrán momentos mucho más duros: cuando deje el domicilio familiar y se entregue a una vida itinerante y sin seguridades, o cuando, a pesar de ciertas amenazas o riesgos, él siga adelante con su estilo. María tuvo mucho que “tragar” y meditar, su corazón debió de estar “muy ocupado”, lleno de “las cosas de Jesús”, ¡que eran las cosas de su hijo!, las cuales ella solo podía recibir y conservar con amor. Guardar en el corazón implica amar; de lo contrario las cosas se guardan solo en el intelecto.
Celebrar el Corazón de María es para nosotros una llamada a cultivar la reflexión, la interioridad y la cordialidad, a penetrar en el sentido profundo de las cosas y sucesos en vez de quedarnos en la corteza, y a intentar estar al unísono con Jesús, amando cuanto él propone y ama, aunque a veces nos pueda resultar algún tanto incomprensible.
En su “carta a un devoto del Corazón de María”, que el P. Claret escribió en perspectiva genérica, sin que nadie se la hubiese pedido, intenta fundamentar la piedad cordimariana considerando lo que es el corazón humano: “el Corazón maternal de María es el órgano, sentido o instrumento del amor y voluntad; así como por los ojos vemos, por los oídos oímos, por la boca… la nariz…, así por el corazón amamos y queremos”.
Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf