Comentario al Evangelio del 13 de enero de 2026
Nueva creación
El nuevo comienzo del que hablábamos ayer se pone bien de manifiesto en el milagroso nacimiento de Samuel de una mujer estéril. Se expresa así el poder creador de Dios, que hizo todo de la nada, y que se apresta a salvar al mundo y al hombre de esa menos que nada que es el pecado y la muerte. Pero si la primera creación fue un acto dependiente en exclusiva de la soberana voluntad de Dios, esta nueva creación requiere para consumarse de la cooperación humana. Por eso necesita de una larga preparación. La historia de la salvación, que es también una historia humana, llega a la plenitud de los tiempos en cierto sentido exhausta. Esto explica lo que se dice en el Evangelio de hoy y en tantos otros pasajes: los especialistas de la ley y los profetas (escribas y fariseos) han perdido la autoridad, porque su enseñanza no atrae, no ayuda a crecer, y se ha convertido en un formalismo vacío y estéril. Pero esto no agota el poder creador de Dios, que se manifiesta ahora y de manera definitiva en Jesucristo. La autoridad con la que enseña Jesús no se basa en un poder que se impone y aplasta, sino en una fuerza de vida que restablece y sana lo que está enfermo o afectado por cualquier clase de mal. Hoy vemos cómo actúa contra una forma espiritual del mismo. Es notable que el hombre poseído por un espíritu inmundo se encuentre en la sinagoga. Y es que, realmente, esos espíritus malignos no conocen ni respetan fronteras, no afectan sólo “a los otros”, “a los de fuera”, a los que no son como nosotros. Cualquiera puede ser poseído por espíritus malignos: de rencor, resentimiento, ausencia de perdón, rechazo de los otros, prejuicios, soberbia, pereza, lujuria… Estos malos espíritus se sienten incómodos ante Jesús, lo increpan y tratan de zafarse de él. Cualquiera de nosotros ha podido experimentarlo, cuando alguna forma de mal espiritual nos acosa (como tentación) o ha anidado en nosotros (como actitud o comportamiento indebido), y tratamos de evitar el encuentro con Cristo a veces directamente (evitando la oración personal, el examen de conciencia), a veces de modo indirecto (rechazando la corrección fraterna o poniendo en solfa la doctrina de la Iglesia para autojustificarnos). Pero Jesús ha venido justamente a acabar con esos espíritus malignos y los exorciza si nos dejamos interpelar por él, si nos sometemos a su autoridad benéfica y liberadora.
Y, si lo hacemos así, si dejamos que su gracia actúe en nosotros y la nueva creación se haga patente en nuestra vida, nos convertimos en sus testigos, porque contribuimos activamente a que su fama se extienda por todas partes.
José María Vegas, cmf

