Comentario al Evangelio del 12 de junio de 2026
Queridos hermanos:

Probablemente la página de Oseas que hemos leído sea la más apasionada y, a la vez, la más tierna de toda la Biblia. En ella Dios se da a conocer como el padre loco de amor por su pueblo, por sus creyentes, a quienes compara con un hijito que está aprendiendo a andar. Es el padre lleno de ternura por ese niño, que le toma en brazos y le estrecha contra su mejilla, el padre comprensivo con las travesuras de su hijo, que, si le pasa rápidamente por la cabeza imponerle un castigo, inmediatamente se vuelve atrás, porque “le da un vuelco el corazón y se le conmueven las entrañas”.
La frase es en extremo conmovedora; nosotros habríamos tenido reparo en hablar así de Dios; pero él, casi diríamos “en un esfuerzo supremo por darse a conocer”, ha inspirado al profeta esa audaz expresión. No tengamos miedo de caer en excesos antropomorfistas; Dios mismo nos lo ha dicho: tiene corazón y entrañas, es decir, los órganos en que el ser humano sitúa la ternura, la compasión, el amor. ¡Con cuánta ligereza se habla a veces del Dios del Antiguo Testamento como si fuese el amenazante y temible, cuya mirada hay que evitar…! ¡Cuánto error en aquella vieja amonestación “mira que te mira Dios, mira que te está mirando…!). Recordemos otra de las estrofas “buriladas” por San Juan de la Cruz (de cuyo “doctorado” estamos celebrando el primer centenario), siempre deseoso de que Dios vuelva a mirarle: “cuando tú me mirabas, tu gracia en mí tus ojos imprimían…”(CantEsp); y el mismo santo comenta: “la mirada de Dios es amor”.
La fiesta del Corazón de Jesús es la de la celebración del amor de Dios; “nadie nos separará del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús” (Rm 8,39). Esto se hace especialmente visible en la cruz, cuando el corazón de Cristo es “abierto” por la lanzada y el evangelista comenta que el verdaderamente traspasado es el Padre: “me mirarán a mí, a quien traspasaron” (Jn 19,37; Zacarías 12,10).
Muy sencillamente: a través de Jesús, el Padre nos ha abierto su interior, su corazón, para que quede constancia incluso sensible de su amor. Y es un amor que permanece siempre presente y operante; los antiguos escritores cristianos, llamados Santos Padres, hicieron un comentario unánime a esta escena del calvario: del pecho de Jesús brotó sangre y agua, es decir, los dos grandes sacramentos de la Iglesia, el bautismo y la eucaristía. Y a través de esos sacramentos Jesús y el Padre nos siguen brindando siempre la experiencia de ser amados por ellos.
Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf