Comentario al Evangelio del 12 de julio de 2026
El que tenga oídos que oiga.
Queridos hermanos, paz y bien.
Decíamos la semana pasada que, por desgracia, cada día nos despertamos con una sorpresa – negativa – nueva. Entre guerras, catástrofes naturales, hambre y demás, no paramos. Hay muchas situaciones que nos hacen preguntarnos: ¿dónde está nuestro Dios? ¿Por qué suceden estas cosas?
Estas grandes preguntas siguen pendientes. Y es necesario plantearlas de nuevo. Solo así creceremos en la fe. Este domingo nos ayudará a profundizar en nuestra fe y en nuestra confianza. No basta repetir automáticamente frases tópicas como «sus caminos no son nuestros caminos». Es importante reconocer que «creer» es un riesgo, una aventura, un jugárselo todo para ganarlo todo. Comprender lo incomprensible… ¡Eso es la fe!
Fe como la que muestra el profeta Isaías. ¡Qué confianza tan admirable en la Palabra de Dios! Él cree – sin la menor duda – en su eficacia. Se sabía «servidor de la Palabra». Claro que tenía la experiencia de gente que se oponía a su ministerio, que no creía en su mensaje. Como nos puede pasar a nosotros. Sin embargo, tenía la convicción profunda de que la Palabra de Dios es más fuerte que cualquier oposición a ella. La imagen de la lluvia y de la nieve es muy elocuente. En su ciclo, llevan consigo la fecundidad. Así también la Palabra de Dios, de forma suave.
Meditar todos los días la Palabra de Dios, dejar que penetre en el corazón, en un grupo social, es la mejor terapia, la semilla de la alegría, de la paz, de la serenidad.
Tener fe es un don, un gran don. Permite ver la realidad de otra forma, desde otra dimensión. La fe abre las puertas a la esperanza. A pesar de todo.Es posible que, en nuestro camino, nos hayamos encontrado con gente de todo tipo, a los que les une el no ser creyente. Tengo un amigo ingeniero, culto, con ganas de creer, pero que no cree. Él reconoce no tener el don que permite ver las cosas de otra manera. Se pregunta por la existencia de Dios en medio de un mundo tan desajustado, tan injusto como el nuestro. ¿Cómo puede un Dios «bueno» permitir tanto mal, tanto sufrimiento, tanta muerte, tanta injusticia?
Estas conversaciones me ayudan a preguntarme en qué consiste el don de mi fe. ¿Será que soy más listo que otros? También a mí me duele el sufrimiento, la injusticia, la muerte salvaje. Creo que no es cuestión de inteligencia, sino de gracia. Por gracias de Dios, estoy habitado por una misteriosa convicción. El Abbá, el Dios Padre, lo sabe todo, lo conoce todo, lo conduce todo. El testimonio de muchos santos nos dice, como Pablo en esta lectura: Los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá.
¿Por qué la Palabra de Dios germina en unas personas y no en otras? Porque hay cerrazón, hay corazones poco abiertos a la novedad, cerebros enormemente cerrados al nuevo conocimiento. Pasa igual con los creyentes. Hay algunos que se llaman creyentes, pero que están cerrados, no tienen nada nuevo que aprender, ningún conocimiento con el que enriquecerse. Están cerrados a la Verdad «por culpa de sus dogmas».
El ejemplo del campo es muy claro. El campo no miente, da lo que tiene. Si no está arado y preparado contra las malas hierbas, la cosecha es mínima. Y resulta que la vida es un campo. La vida no miente. La vida da lo que se da. Si damos mucho, lo multiplica y da maravillas. Si le damos poco, discutido, regateado, la cosecha es baja y la vida baja de tono. Nos quejamos, pero muchas veces sabemos de dónde viene la carencia.
Podemos quejarnos de la vida, pero, ¿qué le hemos dado? ¿Hemos dado amor, trabajo, entusiasmo, paz?, ¿nos hemos arriesgado?, ¿nos hemos lanzado?, ¿nos hemos sacrificado?, ¿nos hemos fiado?, ¿nos hemos comprometido?, ¿nos hemos quedado a medias en todo? La vida no miente, la vida da lo que ponemos en ella. Mucho si mucho, y poco si ponemos poco. Hay que arriesgarse. Hay que fiarse. Como se fía el campesino de los cielos y la tierra, de las estaciones y de la lluvia, de la bondad de la simiente y de la fuerza vital de la savia que sube por los tallos. Como se fía el campesino del campo. El campo no miente. La vida tampoco. Déjate llevar, y la mies de tus cosechas hablará por ti.
Jesús nos enseña hoy el arte de ver y comprender. Es bueno dejarse fecundar por lo nuevo; tener una tierra en la que toda buena semilla pueda germinar. Jesús no es un sembrador tacaño. Esparce mucha semilla, incluso por zonas donde es difícil que pudiera germinar. Y espera la respuesta. De ti depende dar fruto, mucho o poco.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.