Comentario al Evangelio del 12 de agosto de 2026
Alza la mirada
El tan conocido y hermoso himno de la visita de León XIV a España fue interpretado de diversas maneras: alzar la mirada podría ser levantarla del móvil para ver a los demás. Eso está muy bien. Y también, y quizá más importante, para luego poder ver a los demás es lo que sigue en el canto: mis ojos en Jesús, clavado en la cruz… Y hoy se nos invita a alzar la mirada hasta lo más alto: la gloria de Dios, sentado sobre los querubines.
Por si a alguien se le ocurre que la visión de Ezequiel es demasiado apocalíptica y que la del Salmo demasiado mística, el Evangelio nos trae a la realidad más profunda. Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, ahí estoy yo.
Ver la gloria de Dios no es solo el elevarse místicamente… eso es más bien el resultado de encontrarse realmente en presencia de Dios…y no es tan fácil. La gloria de Dios implica todas esas maneras de alzar la mirada… reconocer al otro y acompañar, corregir, proclamar la verdad… Es mirar a la cruz y ver la gloria de la Resurrección. Es reconocer una presencia que ciega con el esplendor de la Verdad y a la vez ilumina el camino. La presencia del Dios Encarnado que puso su tienda entre nosotros y la presencia del Cristo resucitado que vence a la muerte.
Siguiendo el canto Alza la mirada, se encuentra el reconocimiento de que Dios nos creó para Él… y el corazón está inquieto hasta que descanse en Él. Estar en la total presencia-(gloria) de Dios pasa por esa inquietud de buscarlo, de encontrarlo donde dos o más están reunidos, clavado en la Cruz… Y actuar sobre tal inquietud. Las lecturas de hoy coinciden, curiosamente, con el histórico eclipse de sol. Y en nuestro mundo, parece que vivimos en un constante estado de eclipse de lo que es bueno y verdadero. Pero la gloria, la presencia de Dios, aunque a veces se nos oculte porque no sepamos mirar ni alzar la mirada, no conoce eclipse.
Hoy se celebra la memoria de la Beata Victoria Díez, joven maestra de 32 años que dio su vida en martirio por la fe en 1936. Se cuenta que Victoria, segundos antes de su muerte, alzó la mirada… y vio la gloria, el cielo abierto. En su breve historia, había contemplado esa gloria en su difícil realidad de dificultades materiales y de persecución. Y también la había contemplado en sus alumnas y en el pueblo al que servía. Alzó la mirada y vio la gloria.
Cármen Fernández Aguinaco