Comentario al Evangelio del 12 de abril de 2026

Fecha

12 Abr 2026

Queridos hermanos, paz y bien.

Cerezo Barredo - Domingo Segundo Pascua Aeguimos respirando el aroma de la Pascua. Terminamos la Octava de la noche más grande de la historia de la humanidad. Ese momento de la vida de Cristo que da sentido a nuestra existencia.

Nuestra vida no se puede concebir sin la fe. Muchos siguen pensando que es algo sólo personal, que se trata la relación individual con Dios, por medio de unas ciertas normas y expresada en la oración a ese Dios, que habló por medio de su Hijo, Jesucristo. Les gustaría que la Iglesia se refiriera únicamente a “las cosas del Cielo”. Pero ya san Juan XXIII recordó que “todo lo que atañe al hombre atañe a la Iglesia”, al convocar el Concilio Vaticano II.

Lo entendieron muy bien los primeros cristianos, de los que nos habla el relato de los Hechos de los Apóstoles. En una especie de visión panorámica, en un texto escrito poco después de la Resurrección, se nos narra cómo la fe en Jesucristo resucitado, el haber recibido el Espíritu santo, nos incorpora a una comunidad cristiana, a la Iglesia. Una Iglesia que no se reduce únicamente al Papa, los Cardenales, Obispos y religiosos, sino que está formada por todos los creyentes, que tienen formas diversas de vida, pero con muchas cosas en común, como hemos oído.

Aunque no sabemos con certeza hasta qué punto se llevaba a la práctica lo que hemos escuchado (el caso de Ananías y Safira, por ejemplo, cf. Hc 5, 1-11), sin duda la idea de compartir todo nos habla de un ideal al que debemos tender: si todos somos hermanos, por ser hijos de Dios, que no le falte nada a nadie en nuestras comunidades. No es que no valoraran los bienes de este mundo, sino que optaron por renunciar a todo uso egoísta de lo que tenían. El ideal cristiano no es la indigencia sino un mundo en el que “nadie sea pobre” (cf. Hch 4,34). Quien cree que Jesús ha resucitado, no se somete a la esclavitud del poseer. El desapego de los bienes de este mundo sigue siendo una condición indispensable para quien cree en el Resucitado. Compartiendo, manifiesta la completa disponibilidad de ponerse a sí mismo al servicio de los hermanos.

Compartir la Eucaristía y la oración es la base para que una comunidad sea el signo de que en el mundo está presente y actúa el Espíritu del Resucitado. Juntos podemos ser recordatorio para los demás de que se puede vivir de otra manera.

La segunda lectura, de la Primera Carta de Pedro, se dirige a paganos convertidos a la fe que, precisamente por eso, tienen muchos problemas. Escribiendo para diversos grupos de personas (casados, solteros, esclavos…), recuerda que las minorías siempre se encuentran con problemas al comienzo.

El texto de hoy nos recuerda la esperanza a la que estamos llamados, para que los problemas cotidianos no nos hagan olvidarla. Porque, como hemos escuchado al final, está en juego nuestra salvación. Esa salvación a la que nos llama Dios Padre, que nos ha hecho sus hijos y, por medio de la muerte y resurrección de Jesús nos hace nacer de nuevo a una herencia incorruptible. Como hijos, estamos destinados a una herencia digna de su grandeza y de su infinita ternura.

El autor nos invita a perseverar incluso en las dificultades, pues así se consolidará y purificará la fe que profesamos, como el oro en el crisol, una imagen muy viva y muy usada en la Biblia. Esta fe nuestra, que tiene por objeto a Jesucristo a quien amamos y en quien creemos sin haberlo visto. De quien procede toda la alegría que experimentamos en este tiempo pascual.

De las dificultades para creer nos habla también el Evangelio de Juan. En principio, todos los Apóstoles tuvieron problemas. A estas preguntas Marcos, Lucas y Mateo responden diciendo que todos los apóstoles dudaron. La fe en el Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre.

La respuesta que da el evangelista Juan es distinta; propone a Tomás como símbolo de las dificultades por las que atraviesa todo cristiano para llegar a la fe. Es difícil saber por qué se ha fijado Juan en este apóstol en concreto. Sea por lo que sea, lo que Juan quiere enseñar a los cristianos de su comunidad, y también a nosotros, es que el Resucitado posee una vida que no puede ser captada por nuestros sentidos, ni tocada con las manos, ni vista con los ojos; solo puede ser alcanzada por la fe. Y esto vale también para los Apóstoles, a pesar de la experiencia de encuentro que han tenido con el Resucitado. No se puede tener fe en aquello que se ha visto. Si alguien exige ver, verificar, tocar… debe renunciar a la fe. La Resurrección no se puede demostrar científicamente, pues pertenece a una realidad distinta: la realidad de Dios.

Jesús se aparece dos veces en siete días. La primera vez estaba ausente el apóstol Tomás, que al enterarse por sus compañeros no quiso dar crédito a sus palabras y pidió “pruebas palpables” del acontecimiento. En la segunda aparición sí estaba presente Tomás, a quien Jesús invita a tocar sus llagas, a meter la mano en su costado traspasado. Ahora sí, Tomas confiesa humildemente “Señor mío y Dios mío” y Jesús le reprocha su incredulidad, no haberse confiado en el testimonio de los demás apóstoles. Si nosotros decimos: “dichosos los que han visto”, Jesús, por el contrario, llama bienaventurados a los que no han visto, no porque hayan experimentado más dificultades en llegar a la fe y, por consiguiente, tengan más méritos, sino porque su fe es más genuina, más pura. Quien ve, posee la certeza de la evidencia, posee la prueba irrefutable de un hecho. “Bienaventurados los que crean sin haber visto”, es decir, los que acepten el testimonio de la vida y de la predicación de la Iglesia. Es decir, todos nosotros que celebramos con tanto gozo este tiempo pascual.

El pasaje del evangelio de san Juan que hemos leído, es una primera conclusión de todo el escrito. Por eso las últimas frases nos advierten que Jesús hizo ante sus discípulos muchos otros signos, refiriéndose a sus milagros y a todo su ministerio público, a su pasión y a su resurrección. Dando a entender, además, que quedan muchos por contar y afirmando que los que ha presentado en su Evangelio tienen un solo objetivo: llevarnos a nosotros a creer en Cristo y, por la fe en Él como Mesías e Hijo de Dios, a obtener la salvación. Como nos recuerda el Domingo de la Misericordia, que celebramos hoy, desde hace 26 años, por inciativa de san Juan Pablo II. Todo por pura misericordia de Dios. Esta es la razón por la que leemos el Evangelio en cada Eucaristía en la iglesia, porque alimenta nuestra fe.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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