Comentario al Evangelio del 11 de octubre de 2026
“Muchos son los llamados y pocos los escogidos”
Queridos hermanos, paz y bien.
Casi seguro que todos hemos ido alguna vez a una boda. Es bonito. Se ve a gente que, a lo mejor, hace mucho que no ves. Y se suele comer (o cenar) bien. Es verdad que, a veces, resulta caro, por los regalos, la ropa y demás. Pero es una buena experiencia. También para los sacerdotes. Nos ayuda a entender que, en la Iglesia, hay muchas formas de vivir (y de servir) y todas son muy válidas.
Es más bonito todavía el paisaje que nos presenta la primera lectura. Simplemente idílico. Mucho vino y vino bueno, manjares abundantes, nada de lágrimas y la victoria sobre la muerte. Para siempre. El paraíso para unas tribus nómadas que, en medio del desierto, con dificultad vivían día a día. O para unos exiliados que, lejos de casa, soñaban con una vida regalada, como la que tenían en su Jerusalén natal. A ellos sí les gustaría que los invitaran a ese banquete. Irían cantando por el camino.
En cambio, los invitados del rey estaban en otras cosas. Se ve que no estaban desterrados. Uno se fue a sus tierras, otro a sus negocios, a otros se les acabó la paciencia y se liaron a golpes hasta matar a los criados. No sé el poder que tendría ese rey, pero a mí me daría cosa rechazar una invitación así. Por si acaso. Pero no le salió bien el intento de celebrar un fiestón al monarca. Parece que los invitados eran poco receptivos y sufrieron la cólera del rey. Que los mató a todos. Por brutos. Y, con la fiesta ya preparada, a buscar nuevos invitados. Dice la lectura que llamaron a buenos y malos. La grandeza del rey. Que, como podemos deducir, es la grandeza de nuestro Dios.
Me imagino la sorpresa de los invitados. Vas a lo tuyo por el campo, y, poco menos que a la fuerza, te llevan a presencia del rey. A comer y a beber vino de balde. Un honor, aunque hayas sido llamado de rebote. Una invitación que exige una respuesta adecuada. No hace falta mucho. Sólo un traje. Por supuesto, en una boda la estrella es el traje de la novia, pero también se mira mucho a los invitados, y a pocas personas normales se les ocurre ir a una boda con pantalones cortos o con playeros. Quien más, quien menos, tenemos una camisa bonita y un pantalón fino, para estos eventos. Un traje de fiesta, y una buena disposición. Que una cara larga desanima al más pintado.
Tú también has recibido de Dios esa invitación a la boda, al banquete, a la fiesta, al recibir la fe. Y me atrevería a decir más, también nos ha dado el traje. El traje de la vida, recibida de Dios, aunque tú no la merezcas; y una vida llena de recursos y posibilidades para que construyas tu felicidad: ¿Te lo merecías? Nos ha dado también el traje de las personas que están a tu lado, que van acompañando y dando alegría a tu camino: ¿Te las mereces? Podemos conocer a Dios. Un Dios que te quiere simplemente porque Él es Padre y tú eres hijo suyo. Lo has experimentado en tu vida. Te ha ayudado tantas veces. ¿Llevas la cuenta de las veces que te ha dado una nueva oportunidad, las veces que te ha perdonado? ¿Te lo mereces?
– Tienes a Jesucristo que ha compartido nuestro condición humana, que ha derramado su sangre por ti y por todos los hombres para el perdón de los pecados; que te garantiza su presencia hasta el fin del mundo. Él traje de discípulo, para que seas de sus discípulos, y compartas con él su misión y su destino; que, si lo llevas puesto hasta el final, te asegura la resurrección de entre los muertos. Que te habita, pues ha decidido que seas templo de su Espíritu Santo: ¿te lo mereces?
Para vestirnos el traje que a Dios le gusta, quizá lo primero es que dejes de llevar cuentas en tus relaciones con Dios y en tus relaciones con los demás. En el Banco Celestial no hay tipos de interés, ni préstamos a devolver, ni tratan mejor a los que más acciones tienen.
Lo segundo: que seamos como Dios. Que demos a manos llenas. Que derrochemos la misericordia, la compasión, el amor, la generosidad y el perdón. Éste es el único modo que tenemos de agradecer a Dios lo grande que ha sido con nosotros. Si tú estás convencido de que Dios te va a perdonar tan pronto como te arrepientas y se lo pidas, una y mil veces, y sin merecerlo: ¿por qué les pides, les pedimos condiciones a los demás, y les decimos “que no se repita”, o “perdono pero no olvido”, o “te perdono, pero no me vuelvo a fiar de ti”, o… Menos mal que Dios no es así.
Lo tercero: Si no perdonamos de corazón, si no somos tan generosos como Dios, si no procuramos ser perfectos como nuestro Padre celestial, su perdón cae en saco roto, no te aprovecha. Y además el Padre será muy exigente contigo. Se enfadará, cuando vea tu traje ordinario. El mismo Jesús nos enseñó a orar así en el Padrenuestro: Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu Reino. Si pedimos que el nombre del Señor sea santificado, y que venga su Reino, es que nos sentimos incluidos en la fiesta, y por eso queremos estar preparados para cuando llegue. Aunque eso, a veces, suponga ir contra corriente. Y ahora viene la segunda parte, que es la más interesante. Al que se pone el traje de fiesta, se le ve. Todos dicen ¡qué elegante! Se fijan en él. Se distingue.
Yo, ¿me arriesgo? ¿Me arriesgo a no buscar lo que busca la mayoría, a vivir de manera diferente, cueste lo que cueste? ¿Me arriesgo a decir “no” a los comportamientos erróneos de la gente que está cerca de mí y a las que a veces intentan arrastrarme? ¿O me trago lo que me echen con tal de no buscarme problemas? ¿Me atrevo a decir “no” de una vez a ese cuerpo tan bonito que se ha cruzado por mi camino, a esa persona tan comprensiva y maravillosa que acabo de conocer, que me parece mejor que esa otra persona a la que prometí fidelidad en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, todos los días de mi vida? ¿O prefiero pensar que “todos lo hacen” para no plantearme otras cosas? ¿Me atrevo a cuestionar mi nivel de vida, mi generosidad, el tiempo que dedico a quienes no pueden agradecérmelo? ¿O tengo siempre razones para decir que “¿qué puedo hacer yo”?
Arriesgarse, como decíamos al principio, siempre supone que algo se pierde, o algo se puede perder. A veces hasta la propia vida. Pero Dios hace las cuentas de otra manera: ante Dios nunca se pierde, más que cuando no hemos arriesgado nada, cuando hemos “conservado” lo nuestro para nosotros. Cuando no nos hemos vestido el traje de fiesta. Dios nos invita a todos a asistir al banquete de la fiesta de su Reino. ¿Estoy dispuesto a aceptar esa invitación, a acogerla sin prejuicios ni condiciones, y a colaborar para que todos participen en ese banquete que nos prepara Dios nuestro Padre?
Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.