Comentario al Evangelio del 12 de octubre de 2026
A vueltas siempre con lo de los signos. Y por signos solemos entender actuaciones espectaculares de Dios, grandes milagros, imposibles desde el punto de vista de la ciencia, pero que Dios puede hacer porque se puede saltar a la torera las leyes de la física que él mismo ha creado. ¡Para eso es Todopoderoso! Y ahí nos quedamos esperando que el sol se apague y se vuelva a encender o que llueva pero sin caer agua o que vengan las lluvias que llevan tiempo sin caer y que pueden salvar la cosecha. O, bajando a un nivel más cercano, que se cure el cáncer de mi familiar o que mi hijo encuentre trabajo o que la sentencia del tribunal sea favorable. Siempre intentando que Dios nos resuelva los problemas. Los pequeños y los grandes, los de la vida diaria y los del sentido de nuestra vida. Porque, si vemos a Dios que es capaz de parar el sol en el cielo, ya nos ahorramos todo eso de creer que tantas veces nos cuesta.
Pero la verdad es que nuestro Dios no es precisamente como le imaginamos en nuestras pobres mentes. Nuestro Dios, a saber por qué, prefiere los signos pequeños, casi escondidos. Son esos signos que hay que aguzar la vista y que hay que mirar con el corazón. Para ver lo que está oculto. Los signos que hace nuestro Dios no son invasivos. No arrasan. Simplemente están ahí, presentes, sin hacer mucho ruido. A veces hasta da la impresión de que no significan nada o que significan lo contrario.
Así hasta llegar a ver la presencia de Dios encarnado en el niño recién nacido en una cuadra sucia y maloliente. O en el hombre que recorre los caminos polvorientos de Palestina acercándose a los más pobres, a los enfermos, a los marginados, a los oficialmente pecadores. O en el crucificado, la negación de la vida, el signo de la exclusión total, el monumento a la muerte.
Hay que abrir los ojos y el corazón para ver no lo que queremos ver sino lo que está realmente ante nuestros ojos. Y a Dios, al Abbá de Jesús, no lo encontraremos en los grandes milagros sino en lo humilde y más pobre y abandonado de nuestro mundo.