Comentario al Evangelio del 10 de mayo de 2026
No os dejaré huérfanos.
Queridos hermanos, paz y bien.
A dos semanas para que termine la cincuentena pascual, la Iglesia comienza a prepararnos para la gran celebración con que la concluirá: Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. La manifestación pública de la Iglesia. Podríamos decir, su comienzo. En esta lectura del Evangelio el Señor promete a sus discípulos el envío de un “Paráclito”, un Defensor o Consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, Espíritu de verdad porque procede de Dios que es la Verdad en plenitud, no un concepto, ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y que conduce la historia humana a su plenitud. No somos huérfanos, porque el Espíritu siempre está con nosotros.
En Pentecostés se produjo el milagro, gracias al don recibido por los Apóstoles. A partir de ese momento, comenzó la expansión por todo el mundo. Hoy hemos escuchado cómo Felipe predica en Samaría. Sabemos que los judíos y los samaritanos no se llevaban en absoluto. Podría sorprender, pues, pero gracias al Paráclito los Discípulos entendieron que la salvación era universal, así que se lanzaron a la tarea. Y lo hizo bien el apóstol, porque bautizó a tantos, que Pedro y Juan se acercaron desde Jerusalén, para confirmar con su bendición la obra iniciada por Felipe.
La acción del Espíritu es la que permite todo esto. Se rompen barreras, se superan odios ancestrales, se va formando la unida de los creyentes. Así se logra un nuevo Pentecostés, al venir el Espíritu Santo sobre estos nuevos cristianos procedentes de un grupo tan despreciado por los judíos. Para el Espíritu divino, no hay barreras ni fronteras. Es Espíritu de unidad y de paz.
La primera carta de san Pedro sigue recordándonos algo muy importante en nuestros días, sobre todo cuando tanta gente está a la búsqueda de una luz en si vida: que los cristianos debemos estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida. Tenemos que poder explicar por qué creo, por qué espero, por qué confío en la bondad de Dios, a pesar o en medio de los sufrimientos, personales y del mundo, que nos rodean. Saber explicar lo que significa haber experimentado el amor del Padre, comprender los padecimientos de Cristo por mí y por todos para darnos la posibilidad de llegar a la plenitud de nuestra existencia en Dios.
Por eso san Pedro nos anima a ser pacientes en los sufrimientos, contemplando a Jesucristo, nuestro modelo, el justo, el inocente, que oraba por sus asesinos en medio del suplicio y los perdonaba, para conducirnos a Dios. Ese Jesús que fue vivificado por el Espíritu.
El Espíritu es un personaje sin rostro. A diferencia del Padre Todopoderoso (de quien se habla en el Antiguo Testamento) y del Hijo, tiene un carácter inobjetivable. Se nos escapa de las manos. Por eso su acción expresa en la Sagrada Escritura en términos como viento, fuerza, inspiración, luz, impulso… Es la Persona más frágil – si se puede hablar así – e impalpable de la Santísima Trinidad.
Se le reconoce por sus acciones, por su trabajo. Por ello se le reconoce como a la Persona – Obrera de la Trinidad. Es el poder de Dios, el amor de Dios en acción, el garante de que se cumplan las promesas. De todo el trabajo que el Espíritu realiza, el Señor subrayará varias acciones concretas en la página del Evangelio de este domingo.
– Es el espíritu de la Verdad. Nos hace salir de la mentira y del engaño. Quien recibe el Espíritu de Dios aprende a apreciar, a ser sensible y a gustar cuanto de bueno, de bello, de noble, de justo se da en la realidad, a no ser derrotista’ o fatalista, como nos pedía san Pedro; a poseer el sentido del bien y del mal; a tomar decisiones habiendo percibido su llamada y a poseer el coraje para secundarla.
– Es también el Defensor. El proceso de vida cristiana está sujeto a crisis, a luchas, a obstáculos. Atraviesa por momentos de aridez, de sensación de timo, de cansancio, a tentaciones… y, además, debe de justificarse frente a una cultura que no acaba de entenderla o que la rechaza abiertamente. El Espíritu del Señor se convierte en un íntimo conocedor de nuestras desolaciones, («Consolador buenísimo» le canta la liturgia) y mantenedor de la tensión del seguimiento.
– Es el que nos une a Dios. Nos da el espíritu de hijos. Saberse hijo, incondicionalmente querido, indefectiblemente perdonado y acogido es el punto del que depende no solo nuestra salud espiritual, sino incluso el equilibrio psíquico. Desde ahí comienzan la entrega y el amor. No resulta extraño que cuando la experiencia de la filiación del amor de Dios languidece, los compromisos cristianos se vuelven cargas insoportables.
Acojamos esa presencia que nos sobreviene prometida del Señor como Espíritu del amor, de la verdad y del bien. Vivir la Pascua significa redescubrir cada día que estamos llamados al amor y a la comunión. Que, aunque somos débiles y con frecuencia nos sentimos aplastados por muchas preocupaciones y sufrimientos, se nos conceda no perder nunca el deseo de ser testigos del amor. Que cada día podamos decirle al Señor: «Concédeme, hoy, ser motivo de consuelo para mis hermanos, en especial para los más tristes y los que pasan por las pruebas más difíciles». «Concédeme, hoy, hacer brillar un rayo de luz en el camino de quienes no conocen la belleza de la vida». Que cada día podamos decir: he aquí la Pascua. Que cada mañana podamos ponernos en camino impulsados por el Espíritu de amor, y así ya nada podrá asustarnos: hasta el dolor y la muerte se volverán acontecimientos de amor, acontecimientos pascuales, pasos a la vida nueva. Con la ayuda del Espíritu.
Vuestro hermano en la fe,
Alejandro, C.M.F.

