Comentario al Evangelio del 10 de junio de 2026

Fecha

10 Jun 2026

Queridos hermanos:

Anteayer meditábamos sobre las bienaventuranzas, las 8 o 9 que se encuentran en el evangelio de Mateo. Y allí pudimos percibir el abundante lenguaje tradicional que Jesús utiliza; en nuestra reflexión, apenas nos detuvimos en los contenidos particulares o motivos de felicitación precisamente dejándolos para hoy. Allí encontramos muchas citas o resonancia o resonancias de Antiguo Testamento. Es bien conocido el salmo que dice que “el hombre de puro corazón y limpias manos podrá entrar a la presenciad el Señor” (Sal 24,4); y Jesús dice que los de corazón puro, sin segundas intenciones, «verán a Dios”. Otra felicitación era para los “que trabajan por la paz”, que serán llamados “hijos de Dios”, es decir, se le parecen; el texto recuerda al de un profeta de AT que decía: “Dios destruye los carros de la guerra y anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos” (Zac 9,10). Una tercera, copiada igualmente de AT, hablaba de “los misericordiosos, que alcanzarán misericordia”; en ella resuena el “dichoso el que se apiada y presta”  (Sal 112,5). Y Jesús, al prometer misericordia a los misericordiosos, está aludiendo a sus propias palabras: “la medida que uséis con los demás, esa usarán con vosotros” (Mt 7,2); el texto debió de ser muy meditado en la Iglesia naciente, hasta adquirir la formulación que le da la carta de Santiago, a la vez de amenaza y de consuelo: “Habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó la misericordia, pero la misericordia se ríe del juicio” (Sant 2,13). La promesa de la tierra a los mansos (segunda bienaventuranza) está calcada del Sal 37, 11: “los mansos poseerán la tierra y tendrán gran paz, a la inversa del malvado…”.

Podríamos seguir apurando textos. Está claro que Jesús mantiene una gran coherencia con el AT (y también consigo mismo). No destruye nada, no anula lo establecido por el Padre; lo reafirma. Y, sin embargo, Jesús chocó con su generación, experimentó el rechazo precisamente de los guardianes de aquella tradición; y sabemos cómo terminó. Certeramente se ha dicho que Jesús fue “demasiado Mesías”, propuso más que lo que su pueblo podía soportar en aquel momento.

En efecto, no anuló los antiguos preceptos, pero los llevó a plenitud, les dio un alcance inesperado. En principio, cuando le preguntan por “el camino para entrar en la vida”, él responde de forma muy simple: “¿qué está escrito en la ley, como lees?” (Lc 10,26). Y si el que le pregunta es precisamente un experto, él le invita a “dar un repaso”: “ya sabes los mandamientos: no matarás, no adulterarás, no robarás, no levantarás falso testimonio…” (Mc 10,19). Pero la expresión “dar cumplimiento” no significa simplemente repetir según costumbre rutinaria. Jesús quiere un avance, no deja las cosas como están. Es consciente de que con él han llegado los tiempos nuevos, los esperados, y en ellos la vieja ética se queda pequeña. Sus discípulos han entrado en una nueva atmósfera, y tienen que ponerse en sintonía: ya no basta con no adulterar, sino que hay que tener mirada limpia y sentimientos correctos; ya no basta con no matar, sino que hay que eliminar todo asomo de odio o de menosprecio.  Es decir, Jesús no se conforma con exterioridades, o con limpiar los miembros físico-biológicos del creyente, sino que le pide una purificación interior, un corazón nuevo, la supresión de todo lo inconfesable…En ese sentido, pudo decir que venía a llevar la ley, el plan del Padre, a la culminación.

La distinción, típicamente judía, entre preceptos “grandes y pequeños” supone una casuística que tampoco va con Jesús. Todo lo que procede del Padre es noble; menospreciarlo o tomarlo por “minucia” significaría irreverencia para con el Dios inefable que lo promulgó. Lo que propone el Padre es siempre grande y engrandecedor.

Vuestro hermano

Severiano Blanco cmf

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