Comentario al Evangelio del 10 de julio de 2026
Como ovejas entre lobos
Si Jesús envía a sus apóstoles (a sus discípulos, a todos nosotros) a anunciar el Evangelio es porque el mundo no está evangelizado. La misión no es un camino de rosas y no se debe abordar con ingenuidad, con esa ingenuidad que expresamos cuando decimos “todo el mundo es bueno”. En realidad, sí lo es, porque todo el mundo es obra buena de Dios (cf. Gn 1, 31). Pero también es cierto que en cierta medida (y no pequeña) ha dejado de serlo a causa del pecado. La misión a la que Jesús nos envía (prolongación de la suya) está fundada en la confianza de que la bondad original puede ser restablecida. Dios reacciona al pecado con el perdón y la misericordia, como con tanta fuerza lo expresa el profeta Oseas. Los mismos que han sido enviados lo saben por experiencia propia, puesto que son (somos) pecadores perdonados, heridos que han sido sanados.
Pero, repetimos, esa confianza basada en el amor inmerecido, como, de nuevo, dice Oseas, no es ingenua. De ahí la exigencia de ser prudentes como serpientes, puesto que los portadores de la buena noticia serán entregados, acusados, azotados, martirizados hasta la muerte, y en ocasiones por los más cercanos. Pero para que la prudencia propia de las serpientes no resulte antievangélica, es necesario completarla con la sencillez de las palomas. Y esto significa ser capaces de convertir toda circunstancia adversa en ocasión para el testimonio y el anuncio del evangelio, en los que actúa el Espíritu Santo. Esto es lo que nos enseña Jesús no sólo con sus palabras, sino con su ejemplo de vida, cuando ha hecho de la cruz (símbolo de sufrimiento e injusticia) el supremo testimonio de amor y causa de nuestra salvación.
La perseverancia en el bien es la garantía de esa salvación para sí, pero también para los demás, porque es la presencia constante de ese testimonio evangélico que puede, finalmente, mover los corazones, acoger el amor inmerecido y el perdón de la iniquidad, y curar los extravíos que alejan al ser humano de Dios y de sus hermanos.
Saludos cordiales
José María Vegas CMF