Comentario al Evangelio del 10 de agosto de 2026

Fecha

10 Ago 2026

Generosidad en tres velocidades

Hay gente extremadamente generosa (o más bien dadivosa), a quien le gusta ir haciendo regalos a veces incluso extravagantes. Tiene su encanto, claro está, pero también tiene el peligro de que tal magnífica persona lo esté haciendo para ganar popularidad, admiración o respeto. Y el peligro añadido de que en algún momento se sienta totalmente decepcionada ante la frecuente ingratitud de los receptores de su generosidad. De todas maneras, hoy se nos dice que Dios ama a quien da de buena gana y en ese dar—aunque a veces confuso e imperfecto– ya hay bastante bondad.

Pero, gradualmente, las Escrituras de hoy nos van abriendo un sentido más hondo de la generosidad. El “dadivoso” es superado por quien da de buena gana– con sacrificio. El que da hasta que duele. Y que da, no ya regalos materiales, sino tiempo, escucha, servicio, paciencia. El salmo parece expresarlo aun mejor: “Dichoso el que se apiada”. Es decir, el que da, no pensando en la imagen que proyecta, no pensando en sí mismo, sino cambiando su propio corazón: se apiada, se compadece del dolor o la necesidad del otro.

Y el Evangelio da un paso (que más bien parece un salto mortal) más y habla de algo radical. Que el grano de trigo caiga en tierra y muera. Que dé, y se dé de tal manera, que desaparezca la propia imagen de bondad y generosidad y que se entregue todo. Y si no, no puede dar buen fruto. Parece que las dos primeras velocidades del dar, con su promesa de complacencia de Dios y de dicha, llegan ahora a un punto que parecería doloroso porque habla incluso de muerte. Pero ahí también está la promesa… si hace esto, dará fruto. Es siempre el paso del misterio Pascual. Entrega, muerte y resurrección. Dar de lo material, y sobre todo de lo que no se necesita es placentero y agradable, y además da buena fama. Estar dispuesto a darlo todo: tiempo, comodidad, riesgo, lucha, talentos y todo lo que se tiene, parece algo más complicado. Pero es lo que da fruto. Y fruto que permanece. Como el de la salvación de Cristo.

Hoy se celebra la fiesta de san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma a quien se le preguntó dónde estaba el tesoro de la Iglesia, y señaló a los pobres a los que servía. Es famoso por su entrega y su sentido del humor. Entendió la generosidad a tres velocidades, pero sobre todo la final, entregando su cuerpo a las llamas. Y entendió dónde estaba el tesoro y el fruto.

Cármen Fernández Aguinaco

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