Comentario al Evangelio del 1 de noviembre de 2026
“Bienaventurados”
Queridos hermanos, paz y bien.
Hace ya algunos años, una canción de Luis Alfredo Díaz-Britos, un cantautor religioso, se titulaba precisamente así. “Bienaventurados”. La letra recordaba que “para sobrevivir en la jungla de asfalto, había que ser un bulldog o un tanque de acero […] y apretar fuerte los puños, fruncir el ceño y acorazarse el corazón”. Nada qué ver con “un hombre en la cima de un monte, gritando a pleno pulmón: Bienaventurados”.
Viene todo esto a colación, porque hoy la liturgia nos presenta para la reflexión la Solemnidad de Todos los Santos. Santo significa, como sabemos, dichoso, feliz. Bienaventurado, en definitiva.
Santos ha habido muchos. Unos dos mil, según las estadísticas oficiales. (Sin contar los santos de la puerta de al lado, que decía el Papa Francisco.) Los ha habido de todas las condiciones y oficios:
– hombres del mar, como algunos de los primeros discípulos (Pedro y Andrés, Santiago y Juan);
– gentes del campo (como san Isidro Labrador y santa María de la Cabeza);
– educadores (san José de Calasanz, san Juan Bautista de la Salle, san Juan Bosco, etc.);
– sanitarios, personas dedicadas al mundo de la salud (Santa Luisa Marillac, la Madre Sacramento, san Juan de Dios, san Camilo de Lelis);
– pensadores (san Agustín, san Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino);
– poetas (san Juan de la Cruz);
– madres de familia (santa Isabel de Hungría);
– reyes y reinas (san Fernando el Católico, san Luis rey de Francia, santa Isabel de Portugal).
Es que Dios anda entre los remos, entre los aperos de labranza, entre los pupitres, entre las camas del hospital, entre los libros, entre los pucheros y hasta entre las leyes y el protocolo de palacio.
2. Los ha habido de distinta condición psicológica, de distinto temperamento:
– unos más extrovertidos, otros más introvertidos;
– unos más emprendedores, otros con menos capacidad de iniciativa;
– unos más enérgicos («coléricos»), otros más sosegados, más pacíficos;
– unos más atrevidos, otros más tímidos;
– unos con un cociente intelectual muy elevado, otros con unas dotes normales;
– unos más nerviosos, otros más flemáticos.
La gracia de Dios se amolda a todos y es capaz de ir modelando cada personalidad y de sacar primores de lo común y corriente. Como un buen artista sabe tallar toda clase de maderas. Y los santos han sido personas abiertas a la gracia. Son la gracia de Dios encarnada en nuestra historia, en nuestra vida humana. Han dado cuerpo real e histórico a la gracia de Dios. Un ejemplo para todos nosotros.
3. Pero a todos les es común una cosa: han encarnado el espíritu de las bienaventuranzas.
– Han sido buscadores diligentes de la voluntad de Dios y se han mostrado dóciles a ella, aunque les resultara costosa: «no lo que yo quiero, sino lo que quieres tú»;
– no han sido violentos, pero tampoco simplemente pasivos: han tratado de vencer el mal a fuerza de bien;
– han tenido un corazón sensible a los sufrimientos y necesidades de los demás, han dejado que resonaran en ellos sus sufrimientos y dolores; no les han cerrado las puertas; han visto las necesidades de sus congéneres, y han intentado darle respuesta cristiana;
– han sido mujeres y hombres de una profunda religiosidad interior, no de meras formas;
– han sido servidores de la paz: han tendido puentes, han trabajado por la reconciliación.
Los santos supieron vivir en esa actitud de olvido de sí mismos y de salida de sí mismos. Lo cierto es que ellos mismos, los santos, han sido personas que no han vivido adormiladas, sino bien despiertas. Y tampoco aquí se trata simplemente de que algunos de ellos tuvieran un don especial, el don de vigilia, que les permitía estar casi todo el día despiertos. Según dicen los entendidos, los mismos éxtasis que algunos tenían les servían de sueño, cumplían las mismas funciones de descanso que el sueño. Es de suponer que esto les permitía vivir unas jornadas más intensas.
Pero no es ese estado de vigilia el que mejor define a los santos. Son personas despiertas en otro sentido. Tenían el oído despierto para escuchar la palabra de Dios y para escuchar el clamor de las personas necesitadas; tenían la mirada despierta. Han vivido como hijos de la luz. Han sabido iluminar a todos aquellos que tenían cerca.
Esa apertura y disponibilidad son un ejemplo para todos nosotros. Nos recuerdan que todos tenemos la “obligación” de buscar la santidad, como ya subrayó el Concilio Vaticano II. La vocación a la santidad, puesto que surge del Bautismo, forma parte de la condición misma de todo fiel cristiano. Ha sido uno de los méritos de la eclesiología del Vaticano II el señalar los elementos que son comunes a todos los fieles, como base para una ulterior consideración de la jerarquía de funciones en el Pueblo de Dios. Y en eso estamos los cristianos del siglo XXI.
Hoy además estamos a caballo entre la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los Difuntos. Es un buen día para recordar a aquellos que nos han dejado ya, y que desde el cielo nos contemplan y oran por nosotros. Están rogando siempre, para que vayamos a disfrutar de la paz que ellos ya tienen. No les defraudemos. Vivamos como los santos, para que podamos, un día, encontrarnos con nuestros difuntos en el Reino de los Cielos.
P.S: Hablaba al principio de una canción de Luis Alfredo. Aquí se puede escuchar. Para algunos será un ejercicio de nostalgia y melancolía.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.