Comentario al Evangelio del 1 de junio de 2026
Esta semana el evangelio de Marcos nos va a presentar una serie de encuentros -o encontronazos- con los fariseos y ancianos que, de muchas maneras, intentaban probar que Jesús ni era profeta ni mucho menos el Mesías esperado. Hoy se trata de poner al descubierto la maldad de los que conspiraban para deshacerse de Él y de cómo formaban una casta que se había apropiado de la religión. Las palabras de Jesús, además son una estremecedora profecía sobre su propia muerte. El es el Hijo que finalmente será asesinado por aquellos cuyos padres lo habían hecho antes con los profetas.
Pero el texto de Marcos 12, 1-12 no es solo un “reportaje” de un episodio de polémica dirigida solo a los fariseos; es un espejo incómodo para muchos de nosotros. Los viñadores de la parábola, hoy, podemos ser los que cumplimos con los preceptos, asistimos a misa y marcamos la x en la declaración de hacienda y estamos “en lo correcto» apreciando la fe como un privilegio que nos coloca en una posició de superioridad moral… A un paso de decirnos: “Esta finca es nuestra”.
Jesús no solo se refiere a una casta sino a todo un pueblo que tal vez entiende su condición de elegido como un mérito propio. A veces los católicos lo hacemos y resultamos un poco cómicos como cuando un tipo que jamás ha tocado un balón cuenta la hazaña de su equipo como propia: “hemos ganado”. O cuando con un comentario, un juicio, una valoración sobre alguna persona, dejamos clara nuestra “superioridad moral”
Ciertamente, somos un pueblo elegido y hacemos bien en procurar responder a esa elección misteriosa porque no tiene nada que ver con nuestras cualidades, nuestro esfuerzo o nuestra voluntad de “ser perfectos”. Los bautizados somos elegidos… Elegidos para llevar el Evangelio a todo el mundo con obras y palabras. Siervos, no señores. No es un privilegio, sino una gracia y una misión que se dirige, sin excepciones, a todos sin excluir a nadie. Y si, por la bondad de Dios acertamos a hacer que la fe germine en alguno, ese será miembro de la Iglesia del Señor, no de una casta selecta de “propietarios”.
Virginia Fernández Aguinaco

