Comentario al Evangelio del 16 de febrero de 2026
Las pruebas de la fe y su carácter de signo
¿De qué habla a fin de cuentas Santiago? Porque en un texto tan breve vemos una sucesión de temas, que no parecen tener mucha conexión entre sí: las pruebas y las dificultades de la vida, que piden constancia; la oración de petición, sus condiciones y lo que la convierte en ineficaz; la condición (dichosa) del pobre, y la (desgraciada) del rico… En el fondo, Santiago habla de la fe, de una vida animada por la fe en Jesucristo. La fe no es un seguro de vida y no nos protege contra las dificultades y desgracias que, sin embargo, vividas con fe, se convierten en pruebas, porque la verifican y, si se mantiene incólume, se fortalece, da constancia y conduce a la perfección. Esa perfección es una confianza plena en el Dios Padre de Jesucristo, al que es posible dirigirse con la seguridad de ser siempre escuchados, aunque no sea así siempre en apariencia; puede ser que no obtengamos “cosas” como la salud o la solución de problemas, pero sí que obtenemos siempre la sabiduría del Evangelio. Y el sabio no depende de las riquezas externas. Podemos tenerlas o no, podemos y, en parte, debemos, esforzarnos por los bienes exteriores, para ganarnos el pan, pero nuestra felicidad o desgracia no depende de nuestra cartera o de nuestra cuenta corriente. El que se sabe hijo amado por Dios es feliz (bienaventurado) en la escasez, mientras que el que pone su confianza en las riquezas está labrando su propia desgracia.
El que vive verdaderamente la fe, no exige signos extraordinarios, como los fariseos, que discuten con Jesús desde la desconfianza radical (no creerían ni aunque se les diera ese signo que piden). El que cree de verdad no exige, sino que da y expresa su fe en las obras del amor; y así, él mismo se convierte en un signo eficaz de que el Reino de Dios está entre nosotros.
José María Vegas, cmf

