Comentario al Evangelio del 1 de febrero de 2026
Bienaventurados.
Queridos hermanos, paz y bien.
Dichoso, feliz, alegre… Todo eso significa “bienaventurado”. Sin embargo, lo que la mayoría entiende por felicidad no encaja nada bien con las palabras de Jesús. Porque la lógica de Dios es otra. Todo lo que el mundo nos ofrece: “lo primero es la salud”; lo que cuenta es el éxito”; “dichoso el que tiene mucho dinero en el banco”; “feliz quien no se priva de ningún placer”; “yo, mi, me, conmigo y, si sobra, para mí”, no es lo fundamental. ¿Podrá llegar a ser una “persona feliz” quien hace suyas semejantes propuestas de vida? ¿Qué piensa Dios de todo esto?
Nos ponen en contexto el profeta Sofonías y el apóstol Pablo. El profeta Sofonías vivió seiscientos años de Jesús. Suelen datar su profecía en torno al año 640 antes de Cristo. Sofonías era un enamorado de los pobres, de los sencillos, de aquellos que confían. Sentía como nadie el atractivo de su fe, de su confianza en Dios. Por eso, el evangelista Lucas se inspiró en sus palabras para ponerlas en boca del ángel Gabriel cuando le anunció a María la encarnación del Hijo de Dios.
Sofonías llegó incluso a imaginarse a Dios dando saltos de alegría y danzando de felicidad por la liberación de sus pobres. De ellos habla en la primera lectura de este domingo. Un pueblo pobre y humilde, un resto de Israel; vivían en el monte Sión. Eran los que cumplían los mandamientos de Dios y no cometían maldades, ni decían mentiras; los que buscaban la justicia y la moderación y confiaban en el Señor. La iglesia del Nuevo Testamento descubrió en una mujer todo lo que el profeta pre-anunciaba: la pobre entres los pobres, la madre de Jesús, María. ¡Alégrate, hija de Sión!
Pablo hace una invitación un tanto extraña a los cristianos de Corinto: «¡Fijaos en vuestra asamblea!» No les dice: ¡fijaos en mí!, que soy vuestro apóstol, vuestro obispo… ¡No! Pablo nunca quiso que las miradas se fijaran en su persona. Les pide, más bien, que se fijen unos en otros. Una invitación que podríamos también nosotros repetir en nuestras asambleas: «¡Fijaos unos en otros!»
El resultado de esa mirada merece un comentario. No hay muchos sabios en lo humano; lo necio del mundo lo ha escogido Dios; No hay muchos poderosos: lo débil del mundo lo ha escogido Dios; no hay muchos aristócratas: Dios ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta. La comunidad cristiana ha sido llamada para humillar a los sabios, a los poderosos, para anular a lo que cuenta, para acabar con todos los que se glorían de sí mismos y de las cosas que tienen. A veces, nos gloriamos de nuestra «ortodoxia», de nuestros «conocimientos», de nuestro «poder», de contar «tanto» dentro del organigrama eclesial, o social. Pero ahí está la comunidad de los pobres para bajarnos los humos, para hacernos ver que Dios elige lo pequeño, lo que no cuenta
Sofonías y Pablo han sentido en sí mismos la extraña seducción de la pobreza y de los pobres que confían en Dios y sólo en Él se glorían. Ante quienes presumen de riqueza, de poder, de sabiduría, ellos presentaron una alternativa: ¡gloriarse en Dios! Pero Sofonías y Pablo se quedan muy atrás, cuando uno los compara con Jesús.
Es que, de vez en cuando, Jesús se destapa con algunas de sus genialidades. Nos dice, sin pelos en la lengua donde está el secreto del gozo, el elixir de la eterna felicidad en ocho recetas elementales. No son únicamente palabras de consuelo, ni de compasiva cortesía. Jesús no bendice sin remover algo, sin activar a la persona bendecida.
Jesús habla de sí, y nos dice que es feliz y dichoso porque es el Hijo amado de Dios Padre; y que esa dicha la quiere compartir con todos, está abierta a todos de manera incondicional. Todos pueden experimentar la misma dicha, también y especialmente aquellos que, según la mentalidad tradicional, estaban excluidos de ella: los pobres, los que sufren, los tristes. Jesús ha asumido todas estas situaciones para hacernos partícipes de su dicha, de su bienaventuranza. En cierto sentido, puede decirse que ha venido a traérnosla haciendo suyas todas las situaciones que pueden hacernos sentir excluidos de la dicha verdadera, de la bendición de Dios.
Si quieres ser feliz comienza, nos dice, despojándote, y liberándote de la fiebre posesiva; hazte pobre, simplifícate, elimina lo superfluo. La pobreza voluntaria, la renuncia al uso egoísta de los bienes que se poseen (inteligencia, buen carácter, conocimientos, títulos académicos, posición social, dinero, tiempo libre…) no es asunto de libre opción o consejo reservado solo al algunos con vocación de héroes o a quienes quieren ser más perfectos que los demás. Esta bienaventuranza no es un mensaje de resignación, sino de esperanza. No habrá ningún necesitado cuando todos lleguen a ser «pobres de espíritu», pongan las riquezas que han recibido de Dios a disposición y servicio de los hermanos, así como lo hace el mismo Dios que, teniendo todo, es infinitamente pobre: no se reserva nada para sí, es total donación, amor sin límites.
Si quieres ser feliz procura tener un corazón manso, suave y bondadoso. Toma la decisión de pensar mucho más en lo positivo y bueno que tienen los demás que en sus zonas oscuras. Acostúmbrate a hablar siempre bien de ellos. ¡Bienaventurados aquellos que, frente a las injusticias, asumen la misma actitud de Jesús! Estos recibirán de Dios la posesión de una tierra nueva; estrenarán una nueva condición en la que florecerán las relaciones pacíficas, en la que ya no existirán más los abusos que caracterizan a un mundo todavía a merced de las “bienaventuranzas” terrenas.
Si quieres ser feliz, acostúmbrate a llorar con quien llora, a reír con quien ríe. Aprende de los niños. Aprende de los santos. Y sonríe, aunque no tengas ganas. Sobre todo, sonríe aquel día que tengas que decir algo amargo. La venida del Reino ha comenzado ya a eliminar todas las situaciones causantes del dolor y de las lágrimas.
Si quieres ser feliz no te permitas ser injusto ni en tu pensamiento, ni en tu lengua, ni con tus manos, ni con tus silencios cómplices. Luego, también exígelo a los otros.
Si quieres ser feliz cree descaradamente en el prójimo y convéncete de que es preferible ser engañado una vez por él a pasarte toda la vida desconfiando de todos (con lo que, por otra parte, serás perpetuamente engañado) Aprende a comprender, y aprenderás el camino del perdón.
Si quieres ser feliz limpia tu corazón a menudo de tus bajos instintos, de malas ideas, de la tristeza, de la ira, de prejuicios… Recuerda al menos cuatro o cinco veces al día que tienes alma y aliméntala bien, por lo menos tanto como al cuerpo. Los puros de corazón son bienaventurados porque tienen un comportamiento que está en consonancia con la voluntad de Dios. No aman a la vez a Dios y a los ídolos. No es puro de corazón aquel que sirve a dos patrones, aquella persona que ama a Dios, pero deja en su corazón el rencor puesto en contra del hermano, aquel que no realiza acciones malas, pero comete el adulterio en su corazón (Mt 5,28). Los puros de corazón son bienaventurados porque a ellos, y solo a ellos, les será concedida una especial experiencia de Dios.
Si quieres ser feliz trabaja por la paz. No seas ajeno a los conflictos de tu alrededor. Trata de evitarlos o hacerlos desparecer. En la Biblia, la palabra ‘paz’ (shalom) no significa solamente ausencia de guerra. Indica un bienestar total; implica la armonía con Dios, con los demás y con uno mismo; la prosperidad, la justicia, la salud, la alegría. Los “constructores de paz” son aquellos que se empeñan en hacer que esta vida rebosante de bienes se derrame también sobre excluidos y marginados. Estos “pacificadores” serán considerados hijos de Dios.
Si quieres ser feliz, atrévete a creer en algo muy serio. Lucha por ello. Sigue luchando cuando te canses. Sigue de nuevo aun cuando los demás se cansen y te dejen solo. Piensa en lo que Dios querría de ti. Como decía C. S. Lewis, hay dos clases de personas: las que, a la postre, dicen a Dios: «hágase tu voluntad», y aquellas a las que, a la postre, dice Dios: «hágase tu voluntad». ¿A qué grupo quieres pertenecer?
Podría ser bueno, en este domingo, recitar lentamente el Padrenuestro, porque nos educa en tener hambre y sed de la voluntad de Dios. Recitarlo lentamente, deteniéndoos en saborear cada invocación, como sintiendo hambre y sed del don que se pide.
Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

