La infancia espiritual, en el sentido de Jesucristo, es lo mismo que la madurez cristiana.
La infancia espiritual, en el sentido de Jesucristo, es lo mismo que la madurez cristiana.
¿Hay que hacer las cosas porque están mandadas, o están mandadas porque hay que hacerlas?
Saberse conocido por Jesús y saberse amado por él, en igual medida y de forma absolutamente personal e inconfundible, es fuente inagotable de gozo y, a la vez, de exigencia.
Tal vez sería oportuno, para evitar lamentables y frecuentes confusiones, precisar la significación de algunas palabras que, muchas veces, se toman como sinónimas.
La permanente situación de cambio, en que se halla el mundo actual, se expresa en cambios profundos, acelerados y universales (cf GS 4-9), que suponen una verdadera transformación social y cultural, y que afectan grandemente a la vida religiosa, y que han de tenerse muy en cuenta en todo el proceso de su renovación-adaptación.
La opción radical por Dios, por el Dios de Jesucristo, ha de traducirse necesariamente en una opción radical por el hombre.
Es la perfecta cristiana, la seguidora y discípula de su Hijo. Por eso, se convierte, para todos, en modelo y principio activo de seguimiento evangélico, de fe y de docilidad.
Jesús es la personificación de la libertad, de la nobleza, del equilibrio y, sobre todo, del Amor.
La praxis de la vida comunitaria consiste en ir entretejiendo, sin desfallecimiento y sin descanso, una red de relaciones interpersonales, cada día más profundas, que mantengan a las personas en mutua abertura y en mutua comunión.
Sobre todas las formas de vida consagrada, sigue pesando todavía un excesivo juridicismo, que ahoga a veces los mejores impulsos del espíritu.
Pablo VI, hablando de la obediencia religiosa, señala lo que podríamos llamar tres excepciones a la misma obediencia.