Comentario al Evangelio de hoy

Alejandro Carbajo, C.M.F.

Queridos amigos, paz y bien.

Está visto que hacer el bien no siempre se entiende. En el Evangelio de Juan, recuerdo, hay un momento cuando Jesús, con mucha sorna, dice que ha hecho entre los judíos muchas obras buenas, y pregunta por cuál de ellas quieren arrestarle.

No me extraña que Jesús se enfadara. Que le doliera la cerrazón de esa gente que ponía por encima de la curación de un enfermo el precepto sabatino. Pocas veces Jesús se “pone bravo”. Pero cuando lo hace, es con razón. Como en el caso del templo, al expulsar a los vendedores. O en el texto que hoy escuchamos en la liturgia. La opción de Jesús por la persona es muy clara. Devolver la plena dignidad a ese inválido es lo primero. Y si hay que ir contra todos, se va.

Me puedo imaginar la alegría del curado. Fue a la sinagoga, a ver qué había de nuevo, y se encontró con Jesús, Vaya encuentro. La vergüenza de estar en el centro, siendo mirado por todos, dejó paso, seguro, al regocijo. Poder vivir como todos, independiente, sin tener que recurrir a otros. En estos momentos me acuerdo de agradecer a Dios por poder andar, por ver, por tener todos los miembros de mi cuerpo…

En tu vida, como en la mía, seguro que ha habido momentos en los que hemos sentido que la parálisis nos invadía, no nos dejaba ir hacia delante. Cuando vuelva a suceder, cuando te parezca que estás paralizado en el camino espiritual, busca a Jesús. Extiende tu mano delante de Él, y desea de todo corazón que te sane. Él lo puede todo.

Hay batallas que parecen perdidas de antemano, pero que se resuelven en una décima de segundo. Goliat parecía invencible, pero David pudo derrotarlo, con la ayuda de Dios. Leí hace mucho una historia de ciencia ficción, en la que dos bandos, enemigos desde hacía mucho tiempo, se encontraban dispuestos para la guerra. Los ordenadores de ambos grupos habían decidido cuál de los dos debía ganar, según la disposición de las naves sobre el terreno. Pero, cuando todo parecía perdido, un piloto anónimo salió de la formación, atacó por el centro y provocó la derrota del enemigo. Aunque los ordenadores habían decidido el ganador, un hombre pudo labrar su destino y cambiar el curso de la historia.

Puede que este relato sea una versión moderna de la lucha de David contra Goliat, pero me recuerda que cada una de nuestras acciones puede ser decisiva para nosotros o para los demás. Que podamos tenerlo en cuenta, cuando decidamos actuar. Que actuemos siempre pensando en Dios y en los demás, para que nuestro Padre celestial se sienta orgulloso, y para que nosotros podamos mirarle a los ojos con confianza.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.