Comentario al Evangelio del

Alejandro Carbajo, CMF

Queridos hermanos, paz y bien.

Terminamos el tiempo de Navidad con la solemnidad del Bautismo del Señor. Este año, el calendario no nos ha dado mucho tiempo a asimilar la fiesta que celebramos ayer, de la Epifanía del Señor. Las celebraciones vienen sin solución de continuidad. Lo bueno es que la Palabra es siempre oportuna y eficaz. Y sugerente.

Decir Bautismo es decir muchas cosas. Cuando alguien viene a mi parroquia a decir que se quiere bautizar, le explico que el Bautismo es una meta tras un largo camino de preparación, y el punto de partida de un nuevo camino que dura toda la vida. Como lo fue para Cristo, que, desde el Jordán, inició un itinerario que le llevó hasta el Bautismo definitivo, allá en el Calvario. Decir Bautismo para un cristiano es decir también muchas cosas: ser hijos de Dios, incorporarse al mundo de los sacramentos, ser miembro de la Iglesia… Habría que recuperar la mística de nuestro Bautismo. Este domingo nos puede ayudar a ello de un modo único. Dejemos que el Espíritu nos lleve y nos sorprenda.

La primera lectura nos presenta al siervo de Dios. Este siervo tiene un estilo particularísimo: no gritará, no clamará, no voceará por las calles, la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará, promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará. Esa caña somos nosotros. Dios está de nuestra parte. No quiere quebrarnos. Se acerca en el ser más entrañable y cercano que podemos imaginar: Jesús, el Hijo de un Dios que se hace uno de nosotros. De ese Dios que es amor.

 Podemos preguntarnos por qué la Liturgia no le presta mayor atención a la vida de Jesús en Nazaret. Seguramente, celebró su rito de iniciación en la fe judía a los 12 años. ¿Por qué tantos años de su vida nos son desconocidos, quedan en el anonimato? El Jesús que se hace bautizar es ya muy adulto (en el tiempo de Jesús, los jóvenes se casaban a los 17 o 18 años). Poco sabemos del Jesús niño o adolescente, todo se resume en unas pocas frases muy concisas: "bajó con ellos y les estuvo sometido", "el hijo de José", "el artesano". No conocemos el motivo del anonimato de esos años, pero encontramos a Jesús, ya formado, dispuesto a bautizarse.

Hasta entonces, Jesús había vivido tranquilamente en Nazaret. Pero el anuncio del Reino, hecho por Juan el Bautista, le hace entrar “en crisis”, le animó a cambiar de vida, a buscar algo nuevo. Abandonó los valores tradicionales, y se abrió a los valores del Reino, proclamados en las Bienaventuranzas. Deja su familia humana, para crear en torno a Él una nueva familia, la de los que hacen la voluntad del Padre.

El Bautismo de Jesús no era necesario para Él. Estaba libre de todo pecado. Pero se bautiza para que el agua de Dios se derrame sin discriminación sobre todos. Los primeros cristianos creían que el bautismo era solo para los judíos. Los planes de Dios son otros. En el Jordán se derrama sobre Jesús, pero es solo el comienzo. Y Dios hace que san Pedro se convenza de que no es así. El agua de santificación se puede verter también sobre los paganos. Ya al despedirse, Cristo resucitado lo había dicho a sus discípulos: “id por todo el mundo y bautizad en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19).

Para ser de los de Jesús, hay que pasar por el rito del agua. Juan Bautista, el precursor, ya llamaba a la gente al desierto para que, en el silencio, pudieran purificarse y comenzar una nueva vida. Limpiar los cuerpos con el agua simbolizaba lo mucho que había que purificar para poder entrar en la nueva era que estaba a punto de iniciarse. De este modo comenzó Jesús su ministerio profético, haciéndose bautizar por Juan Bautista. Así comienza la vida de cada hombre que se sabe llamado a convertirse en discípulo de Jesús: dejándose renovar por el baño del agua y del Espíritu. Es que el Bautismo (sobre todo por inmersión) recuerda la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo. Del misterio Pascual brota la nueva vida, la nueva creación. Miles de personas hemos recibido ese bautismo de Jesús. Hemos pasado a formar parte de su comunidad de seguidores. Hemos entrado en la nueva época del Reino de Dios.

Como Cristo, estamos ungidos, somos otros “Cristos”. El Espíritu de Dios está en cada uno de nosotros. ¿Qué hacemos para que ese Espíritu no se apague e inspire todos nuestros actos? ¿Cómo se nota en nuestra vida que somos bautizados? Quizá deberíamos poner la mira más en las cosas de arriba, no tanto en las de la tierra. Porque hemos muerto al mundo, y nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. (cfr. Col 3, 2-3)

El sumergirse en el agua, pues, representaba la muerte y la sepultura. En cambio, el salir del agua es un signo de la resurrección. Por eso, al salir del agua se produce la revelación del Espíritu y del Padre, al rasgarse los cielos. Se presenta así el nuevo mundo del reino, en el que todos somos hijos en el Hijo. La voz del cielo que se escuchó nos recuerda la profunda unión de Cristo con el Padre. El Hijo amado se presenta ante el mundo, y el Padre se manifiesta para que todos escuchemos las Palabras de vida de Cristo. (cfr. Mc 9, 7)                 En Navidad hemos tenido más tiempo libre, por las vacaciones. Quizá hayamos escuchado más la Palabra, incluso a lo mejor hemos ido más a Misa. Cuando empiece el tiempo ordinario, que no se nos olvide a Quién seguimos, y lo que nos pide cada día. Ya que, compartiendo su Bautismo, compartimos su misión, la de construir el Reino de Dios. Entre todos.

Porque han pasado ya las fiestas de Navidad y Epifanía. Los ángeles se han retirado, se ha ido la estrella de Belén, los Magos han vuelto a su tierra, los pastores han retornado con sus rebaños, empieza para nosotros el programa del tiempo ordinario: buscar al perdido, curar al lastimado, alimentar al hambriento, liberar al prisionero, reconstruir las naciones, conseguir la paz entre los hermanos, llenar de música el corazón. Entre todos, si somos capaces de llevar esto a cabo, lograremos que sea Navidad. Que siempre sea Navidad. Demos gracias a Dios por el don del Bautismo. Y pidámosle que seamos dignos del nombre de cristianos que, por nuestro Bautismo, llevamos.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.