Comentario al Evangelio del

Luis Manuel Suárez CMF

Queridos amigos:

La vida humana tiene mucho que ver con la experiencia. Gran parte de lo que conocemos, nos viene porque lo hemos visto, oído… experimentado de alguna manera. Aunque no todo: sería ilusorio pretender “experimentar” en primera persona todo el caudal de conocimientos que la humanidad tiene en este siglo XXI. Hay cosas que experimentamos, y otras que aceptamos por la confianza que ponemos en el que nos lo dice, a quien consideramos digno de fe.

Las relaciones humanas tienen una parte de experiencia: conocemos a alguien, conversamos con esa persona, recibimos el eco del trato con ella… A la vez, las relaciones humanas tienen mucho de confianza: creer que la persona con la que trato me dice la verdad, que va a ser fiel a nuestra amistad o amor, que tiene buenas intenciones, que busca mi bien…

La confianza va más allá de la experiencia, aunque de alguna manera se apoye en ella. Confiar siempre supone un salto, un arriesgarse… Porque pretender probar o demostrar una amistad o una relación amorosa puede terminar ahogándola. Aunque también es verdad que toda relación positiva se acaba expresando en signos de bondad.

En el Evangelio de hoy, Jesús se molesta de que algunos escribas y fariseos le pidan un signo. Quizá no se hubiera molestado tanto si esa petición hubiera venido de la gente sencilla… o más bien es que la gente sencilla confía sin más, y no pide tantos signos. Quizá vio en aquellos fariseos un afán de controlar lo incontrolable, o de asegurar lo que no es real si no hay confianza.

Nuestra fe en Jesús se apoya en la confianza: la confianza en su Palabra, reflejo de su Vida, transmitida a través de los testigos de la primera hora, que vivieron con Él, y que se nos ha transmitido en la tradición viva de la Iglesia, vivificada por el Espíritu Santo. Desde ahí, es verdad que también podemos hacer “experiencia” de su presencia… aquí y ahora, porque gracias a ese Espíritu, Jesucristo es contemporáneo a toda época y a toda persona.

El gran “signo” de Jesús es su vida entregada, a lo largo de sus días entre nosotros, que se significa de modo pleno en la Pascua: la cruz y la resurrección, como los tres días y las tres noches de Jonás en la ballena, que le hicieron nacer de nuevo.

Unidos a él, también nosotros podemos nacer de nuevo, siempre que no le pidamos más pruebas que las que Él nos da: su vida entregada y la presencia del Espíritu en nosotros, a través de la comunidad de la Iglesia, en su Palabra, en su Eucaristía y demás sacramentos, en los más necesitados…

Ojalá que Jesús no encuentre en nosotros individuos exigentes, sino personas sencillas, de las que pueda decir: “te doy gracias, Padre (…) porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has enseñado a la gente sencilla” (Mateo 11, 25).

Vuestro hermano en la fe:
Luis Manuel Suárez CMF (@luismanuel_cmf)