Comentario al Evangelio del

José M. Vegas cmf

Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

Allí donde actúa el Espíritu de Jesús, decíamos ayer, florece hasta el desierto. La muerte de Esteban, una tragedia a los ojos humanos, y la persecución posterior que desencadena, vistas con ojos de fe, resultan caminos de la Providencia que acaban dando sus frutos. Ni más ni menos que, Saulo, uno de los principales protagonistas de la persecución es tocado por el Espíritu, se encuentra inesperadamente con Jesús, y se convierte en Pablo, el gran Apóstol de los gentiles. La conversión de Pablo es toda una invitación a no perder la esperanza, no sólo en Dios, claro está, sino también en los hombres: el más encarnizado enemigo de Dios, de la fe, de la Iglesia, puede encontrarse con Cristo, cambiar radicalmente. Estas conversiones son mucho más frecuentes de lo que parece. Aquí en Rusia hemos tenido ocasión de conocer a no pocas personas, educadas en un ateísmo radical y personalmente asumido, que, después, de diversas maneras, han hecho un “camino de Damasco” y se han convertido en creyentes (católicos, ortodoxos) activos, pequeños Pablos de Tarso, instrumentos escogidos de Dios.

Esto debería invitarnos a, sin caer en ingenuidades, depurar actitudes numantinas, que a veces nos embargan, y por las que dividimos el mundo en “los nuestros” y “los de fuera”, extraños y, a veces, enemigos de los que hay que defenderse (y ya se sabe que la mejor defensa es un buen ataque), para, mirando con los ojos de Dios, ver en ellos gentes a las que Dios anda buscando (como el buen Pastor a las ovejas perdidas), a las que está esperando en algún recodo de su particular camino de Damasco, para llamarlos. Porque del encuentro de Pablo con Jesús en el camino de Damasco se deduce con claridad que Pablo no conocía a Jesús, pero Jesús sí que lo conocía a él, como conoce y ama a todos esos enemigos de la Iglesia.  

Esta transformación no es cosa, simplemente, de propósitos morales. Es preciso dejar que Cristo habite en nosotros, y nosotros en él, en una existencia eucarística. La Eucaristía debería producir ese milagro de la encarnación personal de la Palabra que tan bien realizó Pablo: “es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Y si, por la comunión Eucarística, Cristo vive en nosotros, bien podríamos convertirnos nosotros, por nuestro modo de vida, en esa voz que llama a una vida nueva a los que se declaran nuestros enemigos, para que, como Pablo, pasen de la ceguera a la luz de la fe en Cristo.

Fraternalmente
José M. Vegas cmf

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