Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco cmf

Queridos hermanos:

En el ministerio de Jesús hubo momentos mejores y peores. La primera época es llamada por algunos “primavera galileana”: Jesús percibe el alborear del Reino de Dios y felicita a los pobres, hambrientos y afligidos porque se ha cumplido el tiempo y Dios va a dar un vuelco a la situación. De mil maneras da a entender que los tiempos mesiánicos han llegado. Y muchos de los oyentes se sitúan en esa onda: le siguen con entusiasmo gentes de Galilea, Judea, Idumea, de la Transjordania, de Tiro y de Sidón… (Mc 3,7s).

El entusiasmo es tal que algunos le confunden con un líder político y pretenden hacerle rey. Pero Jesús es un mesías extraño; ante tales éxitos y aclamaciones, despide y disuelve a la multitud, obliga a los discípulos a marchar, y él se va solo al monte, a orar (Jn 6,15; Mc 6,45s). Pretendiendo deshacer malentendidos, crea quizá mayor confusión.

Progresivamente, ante la libertad y originalidad de Jesús, muchos se plantean la cuestión de si será el mesías o un falso mesías, un profeta o un pseudoprofeta. Las curaciones son signos del Reino, del Dios salvador; pero siempre hubo magos y brujos que pretendieron hacer prodigios invadiendo el campo de lo divino; los signos pueden resultar ambiguos, al mismo tiempo consoladores e inquietantes. En los líderes religiosos crece la duda y el desconcierto en relación con Jesús. Quizá de aquí surge la petición de signos legitimadores, petición que Jesús interpreta como desafío o como señal de impenitencia: “dando un profundo gemido en su interior dijo: no se dará un signo a esta generación” (Mc 8,12).

El actúa con una gran sencillez, con claridad, y ofrece signos espontáneamente, como volcar una mesa en el templo; pero los signos no sirven para los “ciegos voluntarios”. Tras el signo de templo, le interrogan los “sumos sacerdotes, escribas y ancianos” (Mc 11,27), los “entendidos”, los intelectuales… Jesús pudo recordar aquello de “buscar al Señor con sencillez de corazón, que se deja hallar de los que no exigen pruebas, pero los razonamientos retorcidos alejan de él” (Sab 1,1-2).

Particularmente fustiga Jesús a quienes, por comodidad e inmovilismo, malinterpretan su actuar y se resisten a dejarse interpelar. Mientras que él lo explica como signo de la vuelta del Espíritu de Dios a la tierra, señal de estar en los tiempos mesiánicos, los opositores lo atribuyen a connivencia con Satanás, que es tanto como nigromancia, hechicería… siempre prohibidas en Israel e incluso castigadas con la muerte (Deuteronomio 18,10s). Jesús reduce al absurdo la acusación que le hacen los escribas y aduce una parábola muy en sintonía con la visión del mundo de entonces, sometido a las potencias del mal. La aplicación de la parábola queda implícita: Jesús es “el más fuerte” que ata al fuerte, a Satanás. Él introduce la salvación en el mundo; pero quien opte por la ceguera voluntaria y no se acoja a su acción benéfica está destruyéndose a sí mismo.

Pidamos hoy a Jesús unos ojos limpios, un espíritu sencillo para acoger su presencia como una hermosa primavera que rejuvenezca nuestro pensar y actuar.

Vuestro hermano,
Severiano Blanco cmf