Comentario al Evangelio del

Alejandro Carbajo, C.M.F.

Queridos amigos, paz y bien.

Cuesta mucho ser profeta en la propia tierra; y en la propia familia, a veces, más difícil todavía. Su propia familia quiere llevárselo, porque les parecía que se había vuelto loco. Es lo que tiene estar en las cosas del Padre.

En esta ocasión, al leer este fragmento del Evangelio, me han llamado la atención las palabras “no le dejaban ni comer”. Una total entrega a la Misión. En la vida de los evangelizadores hay momentos en los que entra la pereza. No apetece mucho contestar al teléfono, o abrir la puerta cuando llaman a horas intempestivas. Que llaman. A los laicos también les pasa. “Otra vez domingo, otra vez a Misa”.

Jesús no distinguía días ni horas. Todo Él era entrega a la tarea que Dios, su Padre, le había encomendado. Esa dedicación a tiempo completo no todos la entendían. A los que vivimos la fe a medio gas, nos parece imposible vivir permanentemente en las cosas del Padre. Encontramos justificación para no hacer lo que sabemos que debemos hacer. “No es lo mío”, “no hoy”, “no sé cómo se hace”, “no me atrevo…”

Me asombra mi amigo Pablo López, un profesor de filosofía de instituto, que, casi todos los fines de semana sale a la calle a evangelizar. Habla con la gente, con los que saben algo de Jesús, y con los que no saben nada. A todos les da un papelito con una frase del Evangelio, o un iconito, y todos se van a su casa con la sensación de que Dios está cerca de ellos. Muchos se confiesan (evangelizan cerca de una iglesia, donde hay un cura esperando para los que quieren reconciliarse con Dios). Con frío y con calor, Pablo y un grupo de evangelizadores acercan la Buena Nueva a la gente.

Este Evangelio nos da una nueva oportunidad para revisar el estado de nuestra disponibilidad. Entiendo que no podemos siempre responder, como la Virgen María, “he aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”. Pero ojalá estemos en el camino de incrementar cada día, un poco más, nuestra entrega al Señor. Él sabe cómo hacer fructificar todos nuestros empeños. Aunque no lo entendamos. Aunque no nos entiendan.

El salmo de hoy nos ha recordado “que brille tu rostro, Señor, y nos salve”. Es el deseo de mi amigo Pablo. Es la ilusión de muchos misioneros que, por todo el mundo, hablan de Dios a todos. Ojalá sea también tu deseo, en el comienzo de este nuevo año.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.