Comentario al Evangelio del

Edgardo Guzmán, cmf.

Queridos amigos y amigas:

El evangelio nos presenta el relato de la decapitación de Juan el Bautista, del mismo modo que en Marcos 6, 14-29 esta narración entra de improviso, como un recuerdo inquietante suscitado por hechos recientes. El precursor del Mesías, profeta de una fuerte personalidad moral, había denunciando, en nombre de Dios, el pecado de Herodes. De algún modo el evangelista nos quiere mostrar que, si la misión de Juan está vinculada con la de Jesús, la muerte violenta y su sepultura pueden también prefigurar la de Jesús.

La voz de los profetas se vuelve incomoda cuando denuncian las injusticias. Como dijo Monseñor Óscar Romero se «mata a quien estorba» y el que dice la verdad estorba. A Herodías le estorbaba Juan el Bautista porque le recordaba su mal comportamiento, lo mismo a Herodes le resultaba incomoda la denuncia del Bautista, atrapado por el quedar bien, decide mandar a decapitar al precursor. La escena dramática nos presenta como el mal se disfraza en la frivolidad del aplauso y en la dependencia de otros que la bailotean. Así se teje una trama donde se cruzan la pasión y la venganza, el miedo y la complacencia, la danza de una doncella y la vida de un profeta servida en una bandeja de un banquete.

El Bautista supo jugarse su vida hasta el final por denunciar valientemente lo que es injusto. El evangelio de Mateo al introducir la narración del martirio de Juan sugiere al lector que Jesús también será condenado por dar testimonio de la verdad. Jesús como lo vemos en el evangelio se entrega hasta el último momento por defender la vida y la dignidad de todos y de cada uno de los hijos de Dios, particularmente de aquellos que no gozan de una dignidad reconocida: los pecadores, los pobres, los marginados, las mujeres.

Es justamente ese testimonio profético de Jesús lo que cautivó a Ignacio de Loyola, cuya memoria celebramos hoy. Desde su convalecencia en Loyola hasta su profunda experiencia mística en Manresa lo que pedía continuamente era «conocimiento interno de Jesús para más amarle y seguirle». Pidamos por su intercesión el don del discernimiento para buscar siempre, como los profetas, la voluntad de Dios. Que San Ignacio nos contagie de su experiencia espiritual para «hallar a Dios en todas las cosas».

Tomad, Señor y recibid
toda mi libertad
mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad
Todo mi haber y mi poseer
vos me lo disteis
a vos Señor lo torno
Todo es vuestro
disponed a toda vuestra voluntad
Dadme vuestro amor y gracia
que ésta me basta

San Ignacio de Loyola

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.
eagm796@hotmail.com