Comentario al Evangelio del

Alejandro, C.M.F.

Queridos amigos, paz y bien.

¿Cuánta fe hace falta para dar todo lo que tenemos? La viuda anónima (no sabemos su nombre) “ha echado todo lo que tenía para vivir”, nos dice Jesús. Se necesita mucho valor. Pero mucho. Exige confiar plenamente en la providencia divina, y saber que Él se ocupará de ti.

A los que nos gusta tener todo planificado, saber qué vamos a hacer dónde y cómo, esta forma de vida nos supera. Pero, todavía hoy, hay muchas personas, laicos y religiosos, que son capaces de vivir confiados. Confían en Dios, y Él les responde. Para muestra, lo mucho que ayudan las organizaciones como Cáritas, o cómo las Hermanas de Teresa de Calcuta encuentran con qué alimentar a los que tienen alojados.

Y, además, nos recuerda el Maestro que todo esto puede (y debe) hacerse en silencio. Sin alharacas, sin publicarlo en las redes sociales y sin que tu mano izquierda sepa lo que hace la mano derecha. Que ya sabe Dios lo que hacemos y lo que no hacemos.

La primera lectura nos recuerda algo relacionado con esto: “más vale la oración sincera y la limosna generosa que la riqueza adquirida injustamente”. Tanto Sara como Tobías habían rezado mucho y, sobre todo Tobías, hecho muchas limosnas. Y reciben su recompensa. Sara un marido que no le es arrebatado por el demonio Asmodeo, y Tobías recupera la vista. Ambos gracias a las instrucciones del arcángel Gabriel, “Medicina de Dios”. Acaba bien una historia en la que ambos, en algún momento, habían pensado que era mejor morirse. Nunca hay que perder la esperanza.

Y para meditar un poco sobre esto, un cuentito de Rabindranath Tagore:

Iba yo pidiendo, de puerta en puerta, por el camino de la aldea, cuando tu carro de oro apareció a lo lejos, como un sueño magnífico. Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de reyes. Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos se habían acabado. Y me quedé aguardando limosnas espontáneas, tesoros derramados por el polvo. La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: “¿Puedes darme alguna cosa?”. ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Y yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di. Pero qué sorpresa la mía cuando al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para dártelo todo!

Hoy celebramos la memoria de san Bonifacio, también mártir. Aquí puedes leer algo de su vida. Apóstol de Alemania, ejemplo de perseverancia para toda la Iglesia. También para ti.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.