Comentario al Evangelio del

Alejandro, C.M.F.

Queridos amigos, paz y bien.

La historia de Tobías sigue su camino. Cada vez se pone más interesante. Hoy se habla del amor, del matrimonio con una pariente, con la que resulta que sólo él tenía derecho a casarse con Sara”. Es interesante cómo marido y mujer ponen sus vidas en las manos de Dios. Rezan, para que la tristeza se convierta en alegría. Si no hubiera un Evangelio tan rico, podríamos seguir comentando la primera lectura. Pero quiero centrarme en la fracción de Palabra de Dios que la Liturgia nos ofrece hoy.

Mi deseo sería que también a nosotros nos digan, un día, que no estamos lejos del Reino de Dios. Para eso, ya sabemos lo que tenemos que hacer. Lo dice el Señor hoy en el Evangelio. Amar mucho a Dios. “Con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser”. Como el mismo Jesús nos amó. Y nos sigue amando. Ésta es la primera parte del examen. Pero queda la segunda, que es muy interesante.

"Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Menudo bombazo. Con la primera parte podemos estar de acuerdo, porque a Dios se le puede querer, aunque a veces sea difícil. Pero llega lo del prójimo, y a éste lo tenemos cerca. Muy cerca. Conocido y no tan conocido. Nos cruzamos con él cada día, lo tenemos en el lugar de trabajo o de estudio, lo vemos cada día en la esquina de nuestra calle, con un vaso de cartón pidiendo una ayudita… No hace falta preguntar “quiñen es mi prójimo”. Lo sabemos de sobra.

Pues a esos, a todos y a cada uno, tenemos que amarlos. Y, encima, “como a uno mismo”. Nos cuidamos, nos preocupamos por estar bien, de vez en cuando nos damos un “caprichín”, porque nos lo merecemos. Pues así debemos acercarnos al prójimo. Es lo que hay. Es nuestra deuda como cristianos. Me gustaría tener la fórmula para poder vivir así, amando a Dios y amando al prójimo. Seguro que podría escribir algún libro, y ayudar a mucha gente. Por desgracia, solo sé que no sé (casi) nada. Lo único que puedo hacer es intentar tener un gesto amable con cada persona, incluso, o sobre todo, con las personas que menos me gustan, a las que me cuesta más amar. No llego al extremo de santa Teresita del Niño Jesús, que fue capaz de tener tantos gestos de amor con su hermana “favorita”, que solo después de su muerte se supo que le era muy difícil convivir con ella. A mí, por desgracia, se me nota cuando estoy molesto con alguien.

Quizá se trate de ir poco a poco, del “no te saludo. Me doy la vuelta y me voy de la sala” al “buenos días”. Y luego, ya si eso, “¿cómo va la cosa?”, “qué camisa tan bonita”, “pasa un buen día”… Dar señales de que para mí, la otra persona es importante. Porque es hija de Dios, como yo, y, por tanto, esa persona es mi hermana. Con los hermanos discutimos, nos reímos, lloramos. No con todos los “prójimos” voy a llegar a ese grado de confianza, pero que no sea por no intentarlo. Que nadie nos puede acusar de no haber dado el primer paso.

“Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.” No me extraña. Ya tenían bastante sobre lo que reflexionar. Como nosotros. Hala, a amar se ha dicho.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.