Comentario al Evangelio del

Alejandro, C.M.F.

Queridos amigos, paz y bien.

Lo que sentía Ana, la mujer de Tobías es algo que, quizá. Todos hemos sentido. Uno intenta hacer las cosas bien, seguir los mandamientos del Señor, y resulta que o se ríen de uno, o no sale nada como quería, o parece que todo es en vano. Es la experiencia de Job, el hombre que bueno que sufre un mal injusto. No hay fruto en lo que hacemos.

Pero, nos ha dicho el salmo, “el corazón del justo está firme en el Señor”. La historia de Tobías podría llevarse al cine, por la intriga, por la acción, y por el final feliz que tanto gusta en las películas. Y porque es un ejemplo de firmeza, de confianza y de apoyarse en Dios.

Un hombre justo, que cumple con los mandamientos, que entierra a los muertos, como leíamos ayer. Que guarda el ayuno, y que no se merecería lo que le pasa, el quedarse ciego. Pero Dios escribe recto, con renglones torcidos. Hay que confiar en Dios, y no arrepentirnos del bien que hayamos podido hacer.

En el Evangelio, los que querían liar a Jesús acaban liados ellos mismos. La pregunta sobre los impuestos le da pie a Jesús para recordarnos que debemos dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. La doctrina Social de la Iglesia nos recuerda que somos parte de la sociedad, vivimos en ella, y debemos cumplir con las leyes del país en el que nos encontremos. Es una forma, también, de dar testimonio de nuestra fe: ser buenos ciudadanos.

Quizá al ver cómo vive mucha gente, de qué modo se burlan de la ley, comenten delitos y, parece, quedan impunes, nos podemos desalentar como la mujer de Tobías. Los creyentes sabemos que, además de la justicia humana (que a veces no es perfecta) existe la justicia divina. Y a esa no se la puede engañar. De ahí la necesidad de vivir de forma honesta, siendo consecuentes con nuestra fe, y ayudando a que el mundo sea un poco mejor, por lo menos a nuestro alrededor.

Celebramos hoy la memoria de san Justino, mártir. Padre de la Iglesia, filósofo, literato, historiador. Y testigo de cómo vivían (y morían) las primeras comunidades cristianas. A final de un largo camino filosófico de búsqueda de la verdad, llegó a la fe cristiana. Fundó una escuela en Roma, donde iniciaba gratuitamente a los alumnos en la nueva religión, que consideraba como la verdadera filosofía, pues en ella había encontrado la verdad y, por tanto, el arte de vivir de manera recta. Por este motivo fue denunciado y decapitado en torno al año 165, en el reinado de Marco Aurelio, el emperador filósofo a quien san Justino había dirigido una de sus Apologías. (Benedicto XVI)

Que su ejemplo nos anime a ser consecuentes, fieles hasta el final.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.