Comentario al Evangelio del

Fernando Torres cmf

 

      La historia va de tristeza y alegría. Parece que, cuando el mundo está alegre, a los cristianos nos toca estar tristes. Y viceversa. Hay que tener en cuenta un dato que nos enseñan los estudiosos del nuevo Testamento: cuando el autor del evangelio de Juan habla del “mundo” no se refiere exactamente al mundo en el que vivimos, al que nos rodea, a la calle, a las personas que son nuestros vecinos y con los que trabajamos y reímos y lloramos. El “mundo” en el evangelio de Juan es como la personificación del mal, de todo lo malo que hay en nuestro mundo, valga la redundancia. El mundo son las fuerzas que se oponen a la buena nueva del Reino, a Jesús, que es la presencia viva y amorosa, hecho hombre, del amor de Dios para cada uno de nosotros. 

      Ahora podemos entender mejor la oposición que plantea Juan. Claro que el mundo está alegre cuando va ganando la partida, cuando los buenos se dejan comer la moral y pierden la esperanza. Pero esa partida no va a terminar así. El “mundo” no va a ganar. Porque Dios no lo va a permitir. Porque su amor por nosotros es total. 

      El poeta español León Felipe tiene una breve poesía en la que expresa muy bien esta realidad:

Señor, yo te amo porque juegas limpio;

sin trampas, sin milagros;

porque dejas que salga, paso a paso,

sin trucos, sin utopías,

carta a carta,

sin cambios,

tu formidable solitario.

      Hermanos y hermanas, la suerte está echada. Dios no va a perder la partida. Otra cosa es que la partida se alargue. También hay partos que se alargan y son causa de mucho sufrimiento para la madre. Pero al final, el niño nace y la alegría brota espontánea porque una nueva vida se ha hecho presente en el mundo. Y la esperanza se reafirma y hace más fuerte. 

      Es posible que hoy estemos tristes, que nos encontremos en medio de muchas dificultades. Pero no podemos perder la esperanza. Por mucho que ahora nos rodee la oscuridad.  Dios está de nuestro lado. Y no nos dejará de su mano.