Comentario al Evangelio del

Edgardo Guzmán, cmf.

Queridos amigos y amigas:

El texto del Deuteronomio nos invita a cerrar esta primera semana de nuestro itinerario cuaresmal con esta convicción: «el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo»

(Dt 26,17). Esa preposición «para» es central en la revelación bíblica y representa un desafío para cada discípulo. El contexto idolátrico en el que se mueve el pueblo de Israel donde los pueblos vecinos tenían sus dioses como una entidad propia a la que le daban culto con sacrificios y ofrendas. La imagen de Dios del pueblo de Israel es totalmente distinta, se podría resumir con esta afirmación: «¡Dios para ti!»

Jesús en la vigilia de su pasión radicaliza y lleva a cumplimiento esa clave de revelación, manifestándola en toda su plenitud cuando se dona en el pan y en el vino, diciéndonos: «entregado por ustedes», «derramada por ustedes». Esta forma de ser, que se nos revela del misterio de Dios, debería tocar profundamente el misterio de nuestra realidad humana. Si nuestro Dios es un «Dios para», como hijos y discípulos no podemos hacer menos que nuestra vida sea un don «para» los demás.

Es lo que Jesús nos pide de forma radical a sus seguidores, en lo que podemos definir como la «propuesta discipular» por excelencia: «pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre del cielo» (Mt 5,44-45). Jesús nos pone «el listón muy alto», pero al mismo tiempo es una propuesta alternativa sorprendente: se trata de seguir un camino donde el amor donado no se limita solo a ser simplemente correspondido. El amor del «discípulo perfecto» (Mt 5,48) se evidencia en la capacidad que tiene de ir más allá de sí mismo, donde incluso la experiencia de enemistad se convierte en una oportunidad de un amor más amplio todavía.

La promesa de la primera lectura, según la cual «serás el pueblo santo del Señor» (Dt 26,18), no se alcanza solo a través del cumplimiento de las normas y preceptos, sino en hacerlo «con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas (Dt 6,5), del mismo modo que el Padre del Cielo «manda la lluvia a justos e injustos» (Mt 5,45). La fuerza y la pasión con la que hacemos cada «particular», no como algo pequeño cerrado en sí mismo, sino en comunión con ese abrazo universal que nos salva a todos. Ese podría ser uno de los frutos de esta primera semana de Cuaresma. El amor al enemigo y al que nos hace mal, resulta siempre el lugar donde se pone a prueba nuestra experiencia de fe. Pidamos esta gracia al Señor por intercesión de María, de no excluir de nuestro amor incluso aquellos que no quieren nuestro bien.

Fraternalmente,
Edgardo Guzmán, cmf.
eagm796@hotmail.com

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