Comentario al Evangelio del

Edgardo Guzmán, cmf.

Queridos amigos y amigas:

Hoy celebramos la fiesta de la Catedra de San Pedro. Es una buena oportunidad para intensificar nuestra oración de intercesión por el obispo de Roma y su «ministerio petrino» al servicio de la caridad entre todas las iglesias dispersas en el mundo. La liturgia de la Palabra que acompaña esta celebración nos lleva a redescubrir lo esencial de cada servicio ministerial dentro de la Iglesia, llamada a ser sacramento universal de salvación.

El apóstol Pedro exhorta con fuerza: «A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse». Pedro se define como «testigo» de la pasión de Cristo. En el contexto del Nuevo Testamento el testigo es también el mártir. Los apóstoles fueron testigos de la resurrección de Jesús y dieron testimonio, hasta dar su vida por el Evangelio. Desde esta autoridad que le confiere su ser «testigo», Pedro contempla el ministerio de los «presbíteros, ancianos» como la labor y el servicio de un buen pastor. Siempre en referencia al Pastor Supremo, único pastor del rebaño.

Sus consejos pastorales siguen siendo validos también para nuestro tiempo. Sobre todo, para aquellos líderes en nuestras comunidades cristianas que les cuesta asimilar el verdadero sentido de la autoridad apostólica. El pastor auténtico se entrega con generosidad al rebaño, acompañándolo con el testimonio de su vida, sin buscar sus propios intereses. La exhortación de Pedro nos ofrece criterios de discernimiento para examinar y mejorar cualquier servicio eclesial, comenzando por el ministerio del papa: teniendo siempre un «animo generoso».

Probablemente esa generosidad de animo, con la que Pedro responde a la pregunta de Jesús, lo hizo fiable de recibir este encargo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará». A pesar de sus límites, que los evangelios no callan; al contrario, lo presentan tal como es, una persona con un corazón integro. Es precisamente la autenticidad de vida, no la infalibilidad, lo que hace que la catedra de Pedro sea distinta a la catedra de Moisés. Como lo denunciaba Jesús.  

Por ello, lo que en definitiva edifica la Iglesia, comunidad de los seguidores de Jesús, es el testimonio, como fruto de lo que uno es y vive por el amor a Jesús. Si Pedro se convierte en piedra de edificación es porque su «animo generoso» sabe hacer que «las llaves del reino de los cielos» sean usadas más para abrir que para cerrar. Haciéndose imitador de su Maestro y Señor a quien sabe reconocerlo como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Podemos orar y podemos soñar una Iglesia que sea testimonio creíble de Jesús y su Evangelio. 

Fraternalmente, 
Edgardo Guzmán, cmf.
eagm796@hotmail.com

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