Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

El cetro y la estrella

Balaán, el profeta pagano, contratado para maldecir al pueblo elegido, hace honor a sus propios títulos, y no tiene más remedio que ver los signos de Dios y de escuchar sus Palabras y, en vez de maldecir, bendice. Se ve que también en aquellos tiempos el Espíritu de Dios actuaba fuera de la comunidad de la salvación, y Balaán tiene que rendirse y someterse al espíritu de verdadera profecía que ha tomado posesión de él. Sus palabras de bendición trascienden el momento presente y anuncian un futuro mesiánico, el nacimiento de un rey, que nacerá bajo la luz de una estrella y tomará el cetro del pueblo de Dios.

A veces, hoy como entonces, hay profetas a su pesar, gentes que, aunque hostiles al pueblo de Dios, pronuncian palabras que no pueden no reconocer en él una presencia salvadora de Dios. Así, por ejemplo, incluso los que critican con acritud a los cristianos, echándonos en cara nuestra incoherencia con la fe que profesamos, nos están recordando la excelencia de esta última, exigiéndonos el testimonio que les hurtamos con nuestra mediocridad.

Jesús, nacido bajo el signo de la estrella, es el portador del cetro de la dinastía de David, el Mesías que tenía que venir al mundo, que anunciaron los profetas, incluido el pagano Balaán. El cetro es el signo no de un mero poder externo, que se impone y destruye, sino de una autoridad que emana de la propia persona de Jesús y que él ejerce benéficamente: curando y enseñando (cf. Mt 21, 14. 23), pero también denunciando los abusos en torno al templo (cf. Mt 21, 12-13) y la esterilidad del pueblo elegido (cf. Mt 21, 19-21). Llama la atención el contraste entre el profeta extranjero y pagano, que ve en Israel al pueblo elegido, y los representantes de este mismo pueblo, sacerdotes y ancianos, que se niegan a reconocer la autoridad de Jesús: a diferencia de Balaán, ni ven ni escuchan. Es verdad que la revelación de Dios al hombre se realiza de manera dialogal: Dios habla sin imponer y espera la respuesta por parte del ser humano. Pero el diálogo, para poder realizarse, tiene sus condiciones. La primera es la apertura de espíritu, la segunda, la sinceridad. Es inútil intentar dialogar con quien no está bien dispuesto, con el que se cierra en banda. Son como esos que ni bailan cuando les tocan la flauta, ni lloran cuando les cantan endechas (cf. Mt 11, 17), como los que cuando se expulsa un demonio te llaman poseído (cf. Mt 12, 24). Sin embargo, Jesús no deja de interpelarlos, lanzándoles un desafío que puede ayudarles a entrar en razón, a afrontar su mala fe y, tal vez, a convertirse: la pregunta sobre el Bautista, que no pudieron, ni supieron, ni quisieron contestar, es una llamada a examinarse a sí mismos en su verdadera relación con Dios.

Es algo que nos puede suceder a todos, oímos sin escuchar, vemos signos, sin entender el significado, hacemos de nuestra fe una costumbre, un distintivo cultural, sin el dinamismo vivo de la esperanza y la conversión.

Pero si reconocemos que el Espíritu actúa fuera de la Iglesia, no podemos no reconocer que actúa, con mayor motivo, dentro de ella. Y que en el pueblo de Dios son muchos los que han perfeccionado sus ojos y abierto sus oídos para ver la presencia de Dios y escuchar su Palabra. Hoy celebramos a san Juan de la Cruz, una de las cimas de la experiencia mística, un maestro de vida espiritual que nos ha enseñado a elegir el camino estrecho y empinado que conduce a la cima del Carmelo, a la unión con Dios. En realidad, Dios mismo se ha acercado a nosotros en Jesús, que nos purifica, nos enseña y nos cura. El Adviento es una fuerte llamada a abrir los ojos y los oídos, a escrutar signos y acoger palabras de bendición, a creer profecías, a convertirnos nosotros mismos en profetas que anuncian la venida del Señor, el rey y Mesías que nacerá bajo el signo de una estrella.  

Saludos cordiales

José M. Vegas cmf

http://josemvegas.wordpress.com/

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