Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

Una convicción muy extendida en el judaísmo de la época de Jesús era el regreso del profeta Elías en vísperas de la era mesiánica (cf. Mal 3,23). Cuando Jesús dijo que el degollado Bautista era Elías, en realidad estaba haciendo una confesión sobre sí mismo: lo admitan o no, él es el mesías, y no hay que esperar a otro (Lc 7,19). En otro momento de su ministerio, cuando le preguntan sobre el misterioso retorno de Elías, responde: “Elías ya ha venido y han hecho con él lo que han querido” (Mc 9,13), en referencia, sin duda, a la muerte violenta sufrida recientemente por el Bautista. Dado el papel que Juan desempeñó, tanto para con Jesús y sus seguidores, como para los fieles de la comunidad de Mateo, sobra toda especulación sobre la vuelta de Elías: el papel que a él se le asignaba lo ha realizado el Bautista amplia e inconfundiblemente. Seguramente ni Jesús ni los primeros creyentes identificaron al Bautista con Elías a priori, sino a posteriori, a la luz de ese cumplimiento.

En los orígenes cristianos hubo una cierta concurrencia entre los partidarios de Juan el Bautista y los de Jesús; ¿quién de los dos sería el Mesías? Percibimos tal discusión en el prólogo del cuarto evangelio; al mencionar al Bautista, el autor afirma inmediatamente: “no era él la luz, sino el destinado a dar testimonio de la luz” (Jn 1,8). Al Bautista le cupo en suerte un cometido único, insuperable: ser el testigo inmediato de la mesianidad de Jesús y seguidamente ser su “pedagogo”; le señaló como “el Cordero de Dios” y le admitió en su comunidad; por un tiempo Jesús fue discípulo del Bautista; en su comunidad Jesús reflexionó, oró y afianzó su autoconciencia mesiánica, y del Bautista aprendió a guiar a un grupo hacia la esperanza última de Israel: Jesús fue discípulo antes de tener discípulos. La grandeza del Bautista, que tanto pondera Jesús, la tuvo igualmente presente la iglesia primitiva; el autor de los Hechos de los Apóstoles, al reproducir lo que debieron de ser los primeros discursos de Pedro y Pablo, en Cesarea y en Antioquía de Pisidia respectivamente, comienza con una referencia al ministerio de Juan el Bautista (cf. Hch 10,37; 13, 24).

Cundo los evangelistas transmiten estos recuerdos, están haciendo algunas advertencias a sus propias comunidades. Ante todo las invitan a no perderse en nuevas búsquedas o especulaciones y a que, como Juan, sean pregoneras y precursoras de Jesús. No deben predicarse a sí mismas, sino al Jesús, como hizo el Bautista; también ellas deben menguar para que Él crezca. Y esas advertencias sirven igualmente a muchos creyentes de nuestro tiempo, que tan fácilmente se entregan a la búsqueda de falsos mesías o salvadores y llegan a la locura de llamar “dios” a un deportista toxicómano y “catedral” a un estadio de balompié. La Iglesia será grande en la medida en que se haga pequeña como el dedo de Juan el Bautista, fiel indicadora de Jesús presente, y también en la medida en que se aplique el conocido cántico “no adoréis a nadie, a nadie más que Él; no busquéis a nadie, a nadie más que a él”. Seamos creyentes centrados, y no dispersos; esto será fuente de salud psíquica y espiritual.

Vuestro hermano

Severiano Blanco cmf

Comentarios
Ver 18 Comentarios
escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.