Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco, cmf

Queridos hermanos:

El Jesús de este pasaje evangélico afianza las rodillas vacilantes (el paralítico se incorpora y camina), despega los ojos de “los ciegos” (escribas y fariseos pasan del escándalo al asombro y a la glorificación de Dios), y hace que para todos acontezca un verdadero Adviento: la alegría de percibir que Dios está presente y cumple, por medio de Jesús, sus promesas de redención. Jesús pone gozo y alegría en el lugar de la pena y aflicción. Con su nacimiento viene Dios “en persona”, como prometía la profecía, y el creyente queda renovado, tanto que, por donde él se mueve, no hay “nada impuro”, pues es capaz de transfigurar cuanto toca. Con la llegada del Señor renacemos y renace el universo.

El texto del segundo Isaías anunciaba entusiasta el regreso a su patria de los israelitas deportados en Babilonia. Según Ezequiel, profeta contemporáneo del anterior, el pueblo había perdido toda esperanza de resurgir y sobrevivir, de reconstruir el templo y volver a practicar con libertad el culto a Yahvé; el rey de Babilonia les habría asestado el golpe definitivo… Al parecer, se vieron incluso tentados de abandonar la alianza con Yahvé y dar culto a Marduk, dios de los babilonios, que aparentemente era más fuerte. Pero Dios responde a esta situación de desaliento con la presentación de un panorama grandioso y radiaante: el pueblo renace, sus temores, parálisis y encogimientos quedan atrás, se le allana el camino a la tierra santa, adquiere unos ojos y unos oídos nuevos para escuchar la palabra de su Dios y contemplar su acción… Hasta la aridez del desierto reverdece, regada por abundantes aguas, y desaparece la amenaza de toda bestia feroz. Imágenes robustas de lo que será una humanidad restaurada.

Es ya un tópico mencionar la esperanza que el creyente debe vivir y contagiar a otros en medio de la pandemia que venimos padeciendo. Pero la pandemia no puede ser orillada en un escapismo inconsciente o irresponsable, pues forma parte bien tangible del cúmulo de amenazas, dolores y experiencias de limitación en que habitualmente nos movemos.

Pero Jesús encarnado padeció esas mismas limitaciones; experimentó hambre, sed, dolor, las molestias de la pobreza… y finalmente el rechazo por su pueblo, que había sido tan favorecido por él; sufrió la desconfianza, difamación, y la muerte más cruel y vergonzante. Sin embargo Él, el más creyente de todos los creyentes, nunca olvidó que estaba en manos del Padre, que a veces le conducía por sendas desconcertantes, como conduce a todos sus hijos, pero que nunca equivoca la meta: entrar a participar de su misma gloria, en el momento y por la puerta que él quiera.

Adviento: tiempo de abrir ojos y oídos para ver más claro entender mejor, de ponernos en pie y echar a andar, y de abrirnos gozosamente a ese Dios que, a través de la carne débil de Jesús, “viene en persona”.

Vuestro hermano

Severiano Blanco cmf

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